Cien golpes en la espalda

Capítulo I – El pasado

 

Calor, del que se mete en las venas y te quema por dentro. La calle oscura y silenciosa. Desierta. Como siempre durante la vuelta a casa.
Recuerdo que me sentía especialmente apagado. No era por nada en concreto, todo parecía ir bien en mi vida, pero esa noche en particular algo no funcionaba correctamente en mi interior. No era algo físico, fue más bien una falta de alegría. Ocurrió al salir del trabajo. Al poner un pie en la acera, noté como se me congelaba el alma de repente. Fue algo extraño. En un segundo estaba moderadamente animado y al instante siguiente no tenía ganas de vivir. Ahora sé a qué achacar todo aquello, pero en ese momento no, y me asustó bastante.

Inicié mi camino a casa con unas ganas terribles de echarme a llorar, de tirarme al suelo y esperar la muerte, pero algo, el instinto de supervivencia o quizá el miedo al ridículo, me hizo sobreponerme y continuar. Así, extremadamente triste y con la única compañía del viento y las aceras vacías, estuve caminado mientras intentaba encontrar una explicación a lo que me ocurría.

Más o menos a la mitad del recorrido encontré un extraño bulto tendido en el suelo. Me pareció un perro, un perro o un montón de ropa tirada, o quizá una bolsa de basura. La sombra de un coche cercano me impedía ver bien lo que era. Sobrepasé el bulto y seguí caminando unos metros.
Cuando ya lo había perdido de vista, algo hizo que me detuviera. Mis pies pararon en seco, y me entró una curiosidad irrefrenable por saber qué era aquel bulto. Retrocedí hasta encontrarlo y lo iluminé con un mechero. Era una forma alargada, del tamaño de un niño, y estaba cubierta de un pelo marrón rojizo. Es un perro pensé, un perro muerto, y me aparté con asco del cuerpo. Entonces se movió, se giró lentamente, y la larga capa de pelo se apartó hacia un lado dejando ver una mujer, apenas una jovencita de diecinueve o veinte años. Estaba sucia, llevaba ropas raídas y tenía el rostro manchado de polvo y grasa. Aun así era hermosa. Me miró con sus enormes ojos verdes, y toda la desazón y el dolor que venía arrastrando durante el camino desaparecieron.

Intenté que me dijera quién era, pero estaba muy débil y casi no podía ni separar los labios. Le ayudé a levantarse, y sin pararme a pensar en lo que hacía, me la llevé a casa.

Ya en mi apartamento, intenté que comiera o bebiera algo, pero, señalándome el sofá con un dedo, me indicó que lo que necesitaba era descansar, así que le dejé un par de mantas viejas y se tumbó a dormir.

Al despertarme al día siguiente había olvidado completamente a la chica. Me levanté, me duché, y no fue hasta que salí al salón y la vi durmiendo en el sofá, que me percaté de su presencia. Era menuda, delgada y felina. Tenía un larguísimo pelo rojizo que le llegaba hasta el culo. La cara era alargada pero bien proporcionada, de nariz pequeña y respingona, labios gruesos, y con unos grandes y absorbentes ojos verdes, que por supuesto no podía ver en ese momento, pero tampoco podía olvidar desde la noche anterior.

Tenía que despertarla. No podía marcharme tranquilo si dejaba dentro de casa a una desconocida, por muy joven y bonita que fuera. Me acerqué y le di un beso en la frente. No sé bien por qué lo hice, fue un gesto inconsciente, como si llevara toda la vida despertándola de esa manera. Nada más sentir mis labios en la piel, la muchacha abrió los ojos, esos inmensos ojos que han sido mi perdición desde entonces, y cuando aparté mi cara de la suya, vi que me miraba fijamente.

– ¿Me quieres?, preguntó.

Eso sólo. Tan simple, tan de repente, tan sin sentido. Abrió los ojos y me dijo: ¿me quieres? En ese momento yo ya estaba perdido. Una niña acababa de derrumbar todo mi mundo con dos palabras.

– Sssi, respondí tímidamente.

Ella me observaba divertida, me escrutaba la cara con la curiosidad de un crío que ve por primera vez un insecto. Se mantuvo en silencio unos eternos segundos, mientras me miraba y sonreía.

– ¿Me quieres?, repitió.

Yo comencé a temblar.

– Sí, te quiero, le dije.

Y en ese momento descubrí que la amaba como jamás había amado a nadie. Deseaba a esa chica, a esa desconocida sucia y maloliente, de un modo que no conocía hasta entonces. Quería ser su amante y conocer su cuerpo milímetro a milímetro, ser su padre protector y acunarla entre mis brazos, y su mejor amigo, y deseaba con toda mi alma ser su mascota, su pequeño perro faldero, que esperara ansioso en la puerta de casa a que llegara su ama y lo acariciara, anhelaba, por encima de todas las cosas, ser su esclavo, estar rendido a sus pies y cumplir todos sus deseos. Todo eso quería, con tan sólo dos palabras que salieron de su boca. Ya no podía alejarme de ella, no podría dejar de amarla, ya no volvería a ser libre jamás.

– Voy a ser tuya, me dijo, de tu propiedad para siempre. Porque has dicho que me quieres.

Intenté besarle, esta vez en los labios, pero ella no me lo permitió. Se levantó del sofá, se desnudó frente a mí y se dirigió al aseo. Desde el salón escuché como abría el grifo de la bañera, oí el ruido de los botes de gel al abrirse, y también el sonido de su cuerpo introduciéndose en el agua. Yo me quedé sentado en el suelo, completamente abstraído, ajeno al mundo que me rodeaba. Solo. Con su imagen grabada a fuego en la retina. Recordando una y otra vez como había desnudado ante mí su leve figura, menuda y frágil, aunque extremadamente sexual. Así era ella. Entregada y fuerte, sumisa y traviesa a un tiempo, dúctil y turbulenta, el ying y el yang. Mi única alegría y la peor de mis pesadillas.

Llegados a ese punto, yo ya había olvidado que llegaba tarde al trabajo, de hecho, olvidé por completo el trabajo. En mi cabeza no cabía otra cosa que no fuera ella. Ni mi próximo ascenso, ni mi familia, ni mis amigos, ni siquiera Andrea, mi prometida, de la que creía estar enamorado hasta hacía sólo unos segundos, tenían la menor importancia para mí. Simplemente deseaba. Deseaba con la boca llena. La necesitaba como al respirar. Deseaba y necesitaba a esa chica más que vivir.

Salió del aseo. Desnuda, sensual, maravillosa. Se quedó de pie unos minutos para que pudiera admirar su cuerpo. Sus pequeños y firmes pechos, sus interminables piernas, su cuello largo y elegante, su pubis adolescente. Era una quimera, una utopía. Simplemente imposible que yo estuviera disfrutando de algo así. Y se me había entregado como un regalo, sin pedir nada a cambio. Únicamente que la quisiera.

La chica se arrodilló, cogió mis manos y las llevó a su cara.

– Soy tuya, soy para ti.

El corazón me dio un triple salto mortal y no pude evitar echarme a llorar. Algo en ella me conmovía. Me resquebrajaba por dentro. Me hubiera arrancado las entrañas en ese mismo instante si ella me lo hubiera pedido.

La abracé. Con todas mis fuerzas. Y cerré los ojos deseando que ese momento durara para siempre. Ella no se movió. No dijo nada. Notaba contra mi pecho sus pezones. Duros como diamantes. Olía en su pelo el perfume de mi champú. Olía a mí.

-¿Cómo te llamas?, le pregunté.

No respondió.

– ¿Quién eres?, volví a preguntarle.

– Soy tuya, me dijo, no necesitas saber más.

Me besó. Un beso duro, largo, doloroso.

Luego hicimos el amor en el suelo. Lo hicimos durante horas. Como animales. Desesperados y sin límite. Como si se acabara el mundo en ese momento. Fue glorioso y brutal, hermoso y sucio, fue feroz y bendito, igual que ella.

Después caímos rendidos por el agotamiento. Dormí todo el día.

Me desperté al día siguiente y ella no estaba. La busqué por la casa. Ella no estaba.

Salí desesperado. Recorrí las calles durante horas intentando encontrarla sin éxito. Me imaginé a mí mismo convertido en una de esas madres que pierden a su hijo pequeño entre la gente, mirando confundida en todas direcciones, preguntando a quien se encuentra si ha visto a su pequeño, y deseando morir antes que tener que volver sola a casa. Ella no estaba, pero era yo el que me encontraba perdido, desamparado. Vencido, volví al piso a esperarla.

No contesté las llamadas de mi jefe, ni abrí la puerta a nadie, tampoco encendí la tele ni la radio, de hecho no encendí ni la luz. Tan sólo me quedé sentado en el suelo. Esperándola. Era un drogadicto aguardando la dosis, nervioso e irascible. Esperaba mi dosis de ella sin poder pensar ni hacer otra cosa. Así estuve hasta la noche.

Eran las doce en punto cuando me inundó una sensación de bienestar. Era ella, estaba llegando. Nunca he sabido por qué siento su presencia de este modo, pero el hecho es que lo hago. Del frío glaciar que me invadió el alma en su ausencia, pasé a un estado de placer, que se iba incrementando a cada paso que daba hacia mí. Cuando tocó a mi puerta, yo ya me encontraba de nuevo en el vientre materno. Sereno, feliz y calentito.

– He sido mala, me dijo al entrar.

– ¿A qué te refieres?, ¿es por haberte ido sin avisar?, no pasa nada.

– No es eso. Me porté muy mal.

– Fuiste una niña tonta y me preocupaste mucho, pero está olvidado.

– Pero hice algo más, añadió con una sonrisa triste.

– ¿Qué ocurre, pequeña?, ¿qué ha pasado?

La chica no respondió, agachó la cabeza, sacó sus manos de los bolsillos del pantalón y me mostró las palmas manchadas de sangre.

Al principio pensé que estaba herida, corrí hacia el botiquín y volví a atenderla, pero al limpiar la sangre vi que no tenía ni un solo arañazo.

– ¿Qué es lo que has hecho?, le dije preocupado.

No abrió la boca, pero su mirada me heló la sangre.

Al ver como retrocedía asustado, la chica se hincó de rodillas y abrazó mis piernas.

– Tú no, por favor, tú no me abandones también. No puedes dejarme, soy tuya ¿lo recuerdas? Porque me quieres, ¿verdad? Soy tuya y no me puedes abandonar.

Estaba confuso. No tenía la más remota idea de lo que había pasado, y la verdad es que lo único que me importaba en ese momento era estar a su lado, pero había algo en sus ojos que me aterraba, algo extraño, algo inhumano.

Permanecimos así unos minutos, yo de pie, aturdido y nervioso, y ella en el suelo, abrazada a mí con todas sus fuerzas y sin pronunciar palabra.

Me agaché, la cogí de los hombros y la levanté.

– No te voy a abandonar, mi niña. Sea lo que sea lo que haya pasado estaré contigo.

La chica me besó la boca con fiereza, metió su lengua con fuerza y me agarró el cuello entre sus manos.

– No tengas miedo de mí, nunca te haría daño, a ti no podría.

– ¿Qué quieres decir con eso?, no entiendo nada, ¿qué es lo que ha pasado?, pregunté mientras intentaba librarme de su abrazo.

La chica ya no volvió a decir nada. Me arrancó la ropa, me tiró al suelo y se sentó a horcajadas sobre mí para montarme toda la noche. A partir de ahí sólo hubo sexo, sexo duro y sucio.

Fue a la mañana siguiente cuando escuché en la radio la noticia del asesinato. Ella mientras dormía a mi lado, desnuda e inofensiva como un niño. No puedo explicar de qué manera lo adiviné, pero en ese instante, mientras miraba sus juveniles curvas, supe que ya estaba condenado.

 

 

Capítulo II – El presente

 

Ahora mismo está a mi lado. Dulce y sumisa como un animalillo, siempre cariñosa, siempre dispuesta y complaciente. Me mira con sus grandes ojos verdes, y por momentos consigue que me olvide de todo. Eso lo hace muy bien, siempre ha sido así. Está sentada en el suelo, enroscada entre mis piernas y frotando su nariz contra mi rodilla. Sólo lleva unas pequeñas braguitas blancas. Desde mi posición puedo ver su elástico cuerpo adolescente. Veo como encoge y estira sus largas piernas, despacio, muy despacio. Veo como su respiración hace elevar y descender sus pequeños pechos, Veo su nuca sobre mis muslos, entregada a mí, dócil y vencida. Huele a aire fresco, a pelo limpio y a sexo. Me excita, lo hace hasta nublar mi entendimiento. Ella lo sabe. Lo sabe y lo utiliza contra mí.

He intentado alejarme de ella. Lo he intentado por todos los medios, pero siempre vuelvo a su lado. Dominado por el deseo, vencido por el sabor de su cuerpo. Hoy ha vuelto a hacerlo. Se presentó en casa de noche, con la ropa sucia y el pelo revuelto. Sus enormes ojos suplicaron mi perdón. No me dijo nada, no hacía falta. Había vuelto a traer la oscuridad a mi vida. Cuando me vio coger el cinturón sonrió, se desnudó despacio y se humilló ante mí. A cuatro patas en el suelo, aguantó su castigo sin quejarse. Fui muy duro, como siempre. Descargue cien golpes en su espalda mientras le dedicaba los insultos más crueles. Fue brutal, brutal e inútil. Al terminar la dejé tendida. Enroscada cual un gato. Inerte. Después me desnudé e hicimos el amor. Mientras yo lamía sus heridas, ella me juraba no volverlo a hacer. Por un momento la creí, o tal vez creí que la creía, o seguramente sabía que me engañaba, pero ya no me importaba. Ya ha dejado de importarme lo que pase. Por monstruoso que me pueda parecer, por abominable que sea lo que hace, la amo, o tal vez sólo la deseo, pero si es así, la deseo de una forma terrible. De una forma absorbente, ilógica, inhumana. A ella le ocurre lo mismo. Por eso se presta a mis estúpidos castigos. Por eso deja que engañe a mi conciencia con la ilusión de que puedo corregirla. Como si se pudiera borrar los impulsos de un animal, como si pudiera curarla a fuerza de golpes.

Ahora estoy acariciando su espalda. Mis dedos recorren las señales de su castigo. Ella ronronea. Sabe que ha vencido otra vez. Sabe que mañana volveré a dejarla entrar en casa, y que volveré a castigarla por sus pecados, y que volveremos a hacer el amor como dos animales, ajenos a todo, envilecidos y salvajes. Y yo sé que antes de que todo eso ocurra, ella volverá a matar, y la muerte de otro inocente caerá sobre mi conciencia. Lo volverá a hacer porque su instinto se lo ordena, y yo no haré nada para impedirlo, tan sólo rezaré para que alguien le pare los pies y acabe con esta oscuridad que me envuelve.

 

 

Capítulo III – El futuro

 

Han pasado ya seis meses desde que entró en mi vida, y durante este tiempo he consentido todos sus crímenes, convirtiéndome en su cómplice, su esclavo.  Olvidé las reglas morales que conocía por estar con ella. Rebasé cualquier límite humano y me puse a su nivel. Ahora soy una bestia, un ser oscuro y cruel. Ya no queda nada de mi antiguo yo. He perdido el último hilo que me unía con el resto de las personas. Estoy desesperado, perdido, asustado.

Sé que nunca podré separarme de ella, y también sé que es imposible hacer que deje de ser como es. No es humana, nunca lo fue. No sé de qué negro rincón del infierno salió mi terrible compañera, pero no dejará de matar hasta que vuelva allí. Y si no puedo separarme de ella, tendré que conseguir que ella vuelva a las tinieblas conmigo de la mano.

Ya lo tengo todo planeado. Mañana la llevaré en la barca, donde tantas veces salimos los dos al mar a ver la luna y hacer el amor mecidos por las olas, y donde tantas otras transportamos los cuerpos de los pobres inocentes que se cruzaron en nuestro camino, y saldremos de la bahía. Ella llevará el vestido rojo que le regalé. Irá descalza como siempre y estará preciosa, y a mí se me hará un nudo en el estómago al pensar en lo que voy a hacer.

Navegaremos hasta mar abierto y una vez allí nos desnudaremos. Lo haremos rápido y violento. Nos arrancaremos la ropa y la lanzaremos al agua. Luego ella se abalanzará sobre mí y con rabia me introducirá en su interior, y follaremos. Rápido, duro, doloroso. Yo la arañaré. Ella me morderá el cuello. Nos pegaremos. Nos susurraremos al oído las perversiones más inmorales, y eso aumentará nuestra excitación. Tendremos la noche de sexo más terrible y deliciosa de nuestras vidas, y mientras dure, los remordimientos por todo lo que he hecho y por lo que haré en cuanto acabe la noche quemarán mi corazón. Y lloraré, lloraré por mi alma perdida, rota en mil pedazos y enterrada. Y también lloraré por ella, por la criatura más hermosa y espantosa de la tierra, mi amante, mi hija, mi hermana, mi mujer.

Copularemos hasta que nos duelan los huesos, y acabaremos rotos y felices, llenos el uno del otro. Entonces descansaremos. Yo tumbado boca arriba, mirando las estrellas, y ella de lado, con la cabeza en mi muslo, acariciándome el sexo con sus dedos largos y crueles. Y no hablaremos, nos mantendremos callados hasta que amanezca.

Cuando los primeros rayos de sol iluminen su cuerpo me estremeceré con esa visión. Me enamoraré aún más de ella y me entrarán dudas sobre el plan. Pensaré que quizá pueda solucionar el problema de otra manera, y me estrujaré el cerebro en busca de alguna salida milagrosa que me permitiera seguir con ella. Por unos segundos seré feliz imaginando que todo se va a arreglar, que seguiremos juntos hasta el fin de los tiempos. Luego, sus ojos de pantera me harán volver a la realidad de golpe. Caeré de mi fantasía y me haré pedazos contra el duro suelo de la verdad. Ella es como es. Un monstruo frío y cruel, un depredador. Y yo soy peor que ella. Ella nunca tuvo otra opción, nació así, fue creada para dar la vida y también para quitarla, yo en cambio decidí conscientemente seguir sus pasos, vendí el alma por el placer de estar a su lado, por la necesidad de poseerla, por el deseo de servirla. Desde luego yo merezco su mismo castigo.

Así que, aunque será la tarea más dura y penosa de mi vida, no podré echarme atrás. Me armaré del poco valor que me quede y haré lo que debí haber hecho hace mucho.

Con dulzura le besaré los labios, lento y suave por primera y última vez. Mientras, con mucho cuidado, cerraré unas esposas alrededor de su muñeca. Ella me mirará sorprendida, pero no dirá nada. Sólo mantendrá los ojos fijos en mí, escrutando mis pensamientos, averiguando mis intenciones. La otra esposa me la pondré yo. Eso la tranquilizará, pensará que deseo comenzar uno de nuestros perversos juegos. Entonces ella me dedicará una sonrisa sucia y pícara, y se abalanzará sobre mí. Me agarrará la nuca y la apretará contra su pecho obligándome a lamer sus pezones. Se encenderá su motor y ya no pensará en otra cosa que no sea devorarme.

Yo me mantendré frío. Distanciaré la mente para llevar a cabo mi plan y no dejarme vencer por la lujuria. Si es necesario le pegaré. Aunque sé que eso aún la excitará más, deberé pegarle para evitar que consiga llevarme a su terreno. No dejaré que me toque, no dejaré que me bese. La inmovilizaré en el suelo de la barca y dejaré claro que soy yo quien manda. Me aplicaré bien para darle todo el placer que pueda. Lo haré para distraerla y también lo haré como último tributo, como resarcimiento. La compensaré de la muerte atroz que le espera con un último momento de placer. Usaré todo mi cuerpo y toda mi alma. Le lameré hasta el último centímetro de la piel, la acariciaré hasta que me duelan las yemas de los dedos, dejaré que me estire el cabello, que arañe mi espalda, haré todo lo que desee hasta que llegue al orgasmo.

Cuando esté vencida por el éxtasis, añadiré el último eslabón a la cadena. Cogeré un segundo juego de esposas y con ellas me amarraré a la barca. En ese momento el círculo ya estará cerrado.

Cuando ella se recupere de nuestro último asalto ya no podrá evitar que termine mi triste misión, y seguramente tampoco lo intentará. Se quedará mirándome, intrigada y divertida, escrutará mi cara con la curiosidad de un niño que ve por primera vez un insecto, y no dirá nada. Y yo sólo podré decirle te quiero. Con un hacha abriré una vía de agua en la barca. Iremos notando como poco a poco la línea del mar se acercará a nosotros. Y ella seguirá sin decirme nada, escrutará mi cara con la curiosidad de un niño que ve por primera vez un insecto. Y yo volveré a decirle te quiero. Y el mar nos engullirá a los dos.

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *