El autobús

El autobús estaba abarrotado y yo luchaba por mantener la verticalidad frente a un grupo de ancianas que aporreaban mis testículos con sus bolsas de la compra. El recorrido solía durar unos treinta y cinco minutos, pero el calor y la incomodidad me lo hicieron parecer mucho más largo. Casi podía notar como el tiempo se hacía viscoso por momentos y frenaba su ritmo hasta casi detenerse. Me concentré en recordar una canción que me cantaba mi padre de niño. Entrecerré los ojos y apliqué mi mente en la tarea de revivir su melodía. Eso me distrajo ligeramente del exterior, y olvidé por unos instantes el dolor de riñones y las gotas de sudor que bajaban por mi cuello. Luego pensé en mi padre. En mi padre y en sus extrañas teorías.

El tiempo es flexible. Eso me decía cuando me veía aburrido. Hay momentos en los que transcurre muy veloz y los minutos apenas se perciben, y en cambio en otros, los segundos se eternizan en su camino y nos desesperamos con su lentitud.

El autobús se detuvo y la pérfida banda de viejas destrozatestículos bajó en tropel. Aspiré hondo, y disfruté del pequeño intervalo de bienestar que tenía hasta que volvieran a acorralarme los nuevos viajeros. Duró poco, lo que dura un pestañeo. Enseguida se volvió a ocupar todo el espacio con otros cuerpos, y de nuevo el tiempo volvió a frenarse.

Durante el resto del trayecto escuché las conversaciones de mis vecinos, y así me enteré de que el señor calvo situado a mi espalda no estaba nada conforme con su sueldo y se planteaba dejar su trabajo, y que la niña apoyada en la ventana había suspendido tres asignaturas y no tendrá vacaciones este verano, y también que la mujer de mi derecha ya no quería a su marido, aunque, como le decía a su amiga, se casaron hasta que la muerte los separara y le tocaba aguantar con él toda la vida.

El tiempo seguía arrastrándose indolente, y yo notaba la tensión de todos mis músculos esforzándose por mantener la posición. Vi como el hombre que tenía enfrente mascaba chicle despacio, muy despacio, y como después de un rato se lo sacó de la boca y lo pegó en una barandilla. Una mujer que lo vio, se lo comentó a su compañera, y las dos le dedicaron unas miradas de desaprobación. Yo, mientras observaba a mis vecinos, me imaginaba que si existía un infierno debía de ser como aquel autobús lleno de gente. Un autobús abarrotado, con un ambiente pegajoso, que nunca llegara a su destino y diera vueltas y vueltas sin cesar.

Por fin llegué a mi parada. Avancé a codazos hasta la puerta y conseguí salir. Al bajar a la calle, crucé la mirada con una mujer. Era morena, de ojos grandes y negros, y su cara, sin ser una cara conocida, me recordaba momentos de mi infancia. Su imagen me transportó a kilómetros de allí, a un lugar feliz donde nunca había estado, y me provocó bienestar. La mujer estaba hablando con una amiga, y reía sin parar. Al verme, me dedicó una sonrisa amable y subió al autobús.

Vi partir al autobús, y escudriñé entre sus ventanas por si conseguía localizar a la mujer. Al final la vi. Estaba apoyada en el ventanal y me miraba. La despedí moviendo la mano, y ella me correspondió haciendo lo mismo.

El tiempo es flexible, lo difícil es controlarlo, eso pensé mientras la perdía de vista.

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