El Zippo

Era completamente imprescindible que Carlos cogiera ese avión. Nada debía impedírselo, su futuro dependía de ello. Por eso, cuando descubrió que había olvidado el mechero en la cafetería del aeropuerto, decidió darlo por perdido y no retroceder a recogerlo.
Carlos subió a tiempo al avión. Guardó su equipaje de mano, se sentó en su asiento y comenzó a llorar. Acababa de perder su más querida pertenencia, su mechero, un Zippo plateado con sus iniciales grabadas y ligeramente rayado en su parte posterior. No era un objeto especialmente valioso, pero era el único recuerdo que le quedaba de su padre. Se lo había regalado hacía quince años.
Cuando aquel señor calvo se sentó a su lado, Carlos reprimió sus lágrimas e intentó disimular tapando su cara con un periódico.
El avión despegó dando bandazos y tomó rumbo a Oslo.
Carlos iba excepcionalmente elegante. Se había gastado una pequeña fortuna en su ropa. Llevaba un traje a medida de raya diplomática con chaleco a juego, camisa azul cien por cien algodón, cinturón negro de piel, corbata granate de seda china, gemelos de plata, y unos carísimos zapatos italianos en los que podía ver reflejada su cara.
Repasar su vestimenta le hizo olvidar por un momento el disgusto de haber perdido su zippo. En su vida había estado tan elegante. Así vestido se veía capaz de cualquier cosa, con ese traje podía merendarse el mundo a bocados, y, desde luego, iba a deslumbrar en su entrevista de trabajo en Oslo.
Nada podía fallar. En unas horas conocería a su futuro jefe, y le seduciría con su dominio del sector y las nuevas ideas que tenía para la empresa. Entonces, cuando llamara a su madre para decirle que su sueño se había cumplido y su hijo ya era una persona rica e importante, la perdida de su viejo mechero sólo sería un amargo recuerdo que apenas empañaría el mejor día de su vida.
Carlos se dejó absorber por esos pensamientos, y en pocos minutos se sumió en un sueño profundo.
De repente, notó un fuerte tirón en su oreja derecha y abrió los ojos asustado.

– ¿Qué has hecho con mi mechero, desgraciado?, oyó que le decían.

Al volverse vio a su padre sentado en el asiento contiguo.

– Era el único que recuerdo que te quedaba de mí, ¿tanto te costaba cuidarlo?
– ¿Qué hace aquí, padre?, usted está muerto, le respondió Carlos.
– Claro que lo estoy, y me alegro de estarlo para no poder ver como sigues echando tu vida a perder.
– Eso no es cierto padre. En unas horas todo habrá cambiado para mí. Voy a llegar donde usted no pudo. Voy a triunfar, y tendrá que estar orgulloso de mí.
– Siempre con tus planes fantásticos. Nunca has tenido los pies en la tierra, por eso no has llegado a nada. Volverás a fracasar, como has hecho siempre, y habrás perdido mi mechero para nada.
– Eso no es justo, padre. Me merezco esta oportunidad. Debería apoyarme.
– Has perdido mi mechero, chico. Sin él no eres nada. Sin mí no eres nada.

Turbulencias. El avión dio unas fuertes sacudidas que despertaron a Carlos.
Estaba empapado en sudor, pálido y con las manos temblorosas. Su padre le había aterrorizado en vida, y acababa de descubrir que después de su muerte seguía teniendo el mismo poder sobre él.
Se levantó de su asiento y, procurando no despertar al hombre calvo de su lado, salió al pasillo del avión y se dirigió al aseo. Una vez allí, se lavó la cara e intentó calmarse. Sólo había sido un sueño, un estúpido sueño. No debía preocuparse. Esta vez saldría todo bien. Esta vez lo lograría, triunfaría, y así haría que la siniestra sombra de su padre desapareciera de su vida.
Carlos pensó entonces que la pérdida de su mechero había sido una señal. Se había deshecho, tal vez inconscientemente, del último lazo que le unía a su padre, y eso le permitiría romper sus cadenas y avanzar al fin. Todo ha sido para bien, se dijo mientras salía del aseo.
Al llegar a su asiento, vio un pequeño objeto plateado en el suelo. Se agachó a recogerlo, y cuando ya lo tenía a su alcance, apareció una mano y se hizo con él.

– Se me ha debido caer mientras dormía, dijo el dueño de la mano.
– OK, no se preocupe, sólo se lo iba a alcanzar, le respondió Carlos.

Al levantar la vista, vio que quien le hablaba era su compañero de asiento, y descubrió con asombro el objeto que tenía en sus manos.

– ¿Le gusta?, es un Zippo precioso, ¿verdad?
– Ssssi, acertó a responder Carlos con un nudo en la garganta.
– Me lo regaló mi mujer en nuestro aniversario, dijo el caballero.

Carlos se sentó en su sitio, aún más pálido que cuando se levantó. Maldito bastardo mentiroso, pensó. Es el mechero de mi padre.

Carlos intentó no pensar más en el mechero, a fin de cuentas, ya lo había dado por perdido, y hasta se había alegrado de perderlo. Pensó que lo mejor sería dejarlo pasar y desear que a aquel desgraciado ladrón le trajera la misma perra suerte que a él. No merecía la pena comenzar una discusión en medio del avión sobre quien era el dueño del maldito trasto. Era su palabra contra la de del otro. Sólo conseguiría ponerse en evidencia delante de todo el mundo.
Carlos cerró los ojos y trató de volver a dormir.

– Siempre has sido un mierda, hijo mío.
– ¿Otra vez padre?, ¿no voy a poder perderle de vista nunca?
– ¿Es así como te he enseñado a comportarte? En esta vida solo hay dos clases de hombres: Yo era de los cogían lo que querían, y tu, tu eres de la otra clase, eres un mierda, siempre lo has sido.
– Por favor padre, déjeme en paz.
– ¿Recuerdas el día que te lo regalé?
– Por favor, no me torture más con esto.
– Claro que lo recuerdas. Fue el día que te pillé fumando a escondidas en el desván. Me sentí tan orgulloso de ti. Ya eras todo un hombre. Esa tarde bajé corriendo a la calle y te compré el mechero. Hice que grabaran tus iniciales. ¿Lo recuerdas?
– Si padre, claro que lo recuerdo. Fue el día más feliz de mi vida. Mi Zippo fue el primer regalo que me hizo, el primero y el último.
– Lo se. Desgraciadamente nunca me volviste a hacer sentir tan orgulloso como ese día. Nunca has vuelto a merecerte otro regalo.
– Eso es muy cruel. Yo soy su hijo. Debería quererme.
– ¿Acaso lo has merecido?, ni siquiera eres capaz de conservar mi regalo. No tienes cojones para luchar por lo que es tuyo. Alguien así no se puede ganar ni mi respeto ni mi amor.
– ¿Y que puedo hacer, padre? Ese hombre lo encontró. Ahora es suyo.
– Quítaselo. Si quieres ganarte mi respeto debes recuperarlo como sea.
– Pero, padre…
– Yo ya no soy tu padre, no lo seré más hasta que te lo hayas ganado.

Queridos pasajeros, el capitán y toda la tripulación esperan que hayan tenido un agradable vuelo y les desean una feliz estancia en Oslo.

Al abrir los ojos, Carlos pudo ver como su compañero de asiento se levantaba a recoger su equipaje de mano.
Tengo que recuperarlo, tengo que conseguir mi mechero como sea, pensó. El bastardo de mi padre tiene razón. No puedo dejarme pisotear. Debo recuperar lo que es mío.
Cuando salieron del avión, Carlos siguió al hombre calvo por la terminal buscando el mejor momento para abordarle.

– Espero que esta vez no me defraudes hijo, resonó la voz de su padre en su cerebro.
– No se preocupe, padre. Lo voy a hacer. Sólo estoy buscando el mejor momento. No quiero que haya gente alrededor.
– Eres un cobarde, ¿Qué te importa si alguien te ve comportándote como un hombre?
– Déjeme padre, ahora lo haré.

El hombre calvo entró al aseo, Carlos lo siguió, y, después de asegurarse de que no había nadie más allí, le espetó:

– Oiga, ese mechero que lleva es mío. Lo perdí en el aeropuerto de Madrid. Debe devolvérmelo.
– ¿Pero que dice?, este mechero lleva conmigo cinco años. Me lo regaló mi mujer en nuestro ani…
– Déjese de mentiras, le interrumpió Carlos. Ese Zippo es mío y quiero que me lo devuelva ya.
– Usted esta loco, márchese o llamo a la policía.

Al ver que el hombre calvo intentaba huir, Carlos lo cogió del cuello e intentó tirarle al suelo. El hombre era menudo, pero se resistió con fiereza lanzando golpes hacia su cara. Intentando evitar esos golpes, Carlos lo empujó contra el lavabo. El hombre tropezó y calló al suelo de espaldas. Carlos escuchó un crujido cuando la cabeza del hombre chocó contra la loza.

Dios mío que he hecho, pensó Carlos mientras intentaba sin éxito encontrarle pulso al hombre.

– Has hecho lo que debías hijo, has luchado por lo que es tuyo. Y has ganado. No te creía capaz, pero lo has hecho. Ahora coge tu mechero.

Carlos rebuscó entre los bolsillos del hombre, y al fin lo encontró. Se lo guardó de prisa y salió del aseo.
Cruzó el aeropuerto a todo correr ante las perplejas miradas de la gente, y llegó hasta la parada de taxis.

– Take me to the Grand Hotel Oslo, please.
– Ok, let’s go.

Durante el camino a su hotel, Carlos no habló con el taxista. Se quedó absorto, mirando por la ventanilla del coche y pensando en lo que acababa de pasar.
A mitad del recorrido, sacó el mechero de su bolsillo y se puso a jugar con él. Lo abrió y lo cerró varias veces. Admiró el grabado con sus iniciales, y lo giró hacía todos sus lados, para volver a disfrutar con los juegos de brillos y reflejos que ofrecía. De repente, estalló en una risa histérica. En la parte posterior de su Zippo ya no estaban las marcas de ralladuras que su viejo mechero tenía. Volvió a girarlo, y mientras observaba atentamente el grabado en el metal, intentó calcular las probabilidades de que a alguien con sus mismas iniciales, le hubieran regalado un zippo exactamente igual al suyo, y que además, esa hipotética persona y él hubieran cruzado sus caminos de la extraña forma en que lo habían hecho.

– No intentes calcularlo, hijo. Siempre fuiste muy malo para las matemáticas. Lo importante es que ya tienes lo que es tuyo.
– Si papá, ya lo tengo.
– Estoy orgulloso de ti, hijo mío.
– Gracias, papá. ¿No te importa que este no sea realmente tu mechero?
– Eso da lo mismo. Has hecho lo que debías, y eso es lo primordial. Además nadie sería capaz de distinguir uno de otro, ¿verdad?

1 Comment

  1. Me ha gustado, pero creo que has acabado mal, no pasa nada, no aprende nada… no descubre nada nuevo… no se, yo cambiaria el final por algo que me hiciese pensar en esta curiosa historia. Un saludo!

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