La cabeza

Capítulo 1

Mientras observaba al policía, Samuel supo que no tenía salida posible. Nunca hasta ahora había estado seguro de nada, pero esta vez no había lugar a dudas, había metido el pié hasta el fondo. Y si aún le quedaba algo de esperanza de que todo el lío se resolviera satisfactoriamente, la cabeza medio putrefacta que lo miraba desde la mesa se ocupaba de volverle a la realidad. Esta vez la había cagado, la había cagado bien cagada.
La noticia ya había corrido por toda la ciudad y decenas de periodistas se apostaban en la puerta de la comisaría para fotografiar al “nuevo monstruo decapitador”, como ya se le conocía. Samuel, ajeno al ruido del exterior, intentaba sin éxito improvisar una excusa convincente para su mujer. No respondió a ninguna de las preguntas del inspector. Durante las cuatro horas que duró el interrogatorio no hizo más que mirar abstraído al suelo. El policía, agotado y frustrado, se levantó de la silla para marcharse. Se había convencido de que estaba ante una mente fría y criminal, y no se veía capacitado para desentrañar su oscura alma. Si al menos estuviera el inspector Contreras, se lamentaba el agente, él sí que sabría cómo sacarle la información, ese hombre es un genio. Cuando ya se encontraba frente a la puerta para salir de la sala de interrogatorios, Samuel le dijo entre lágrimas, por favor, no le digan nada a mi mujer, me matará si se entera.
Seis meses antes de aquello, Samuel era feliz. Era un aburrido peluquero de barrio de sesentaytantos con una vida rutinaria, unos hijos déspotas y una mujer seca y áspera como el esparto. Llevaba años planteándose la jubilación y hacía unos meses que se había decidido a colgar los peines y retirarse definitivamente, pero un extraño acontecimiento, un pequeño milagro, como el lo definió, cambió sus planes de improviso. Aquel “pequeño milagro” llegó en la forma de anciano enjuto y medio calvo.
Fue una tarde en la que la peluquería estaba vacía y Samuel aprovechaba la soledad para disfrutar de su adorado Nat King Cole a todo volumen en el equipo de música. Cuando el viejo entró Samuel lo saludó con la mejor de sus sonrisas. ¿Que desea caballero?, ¿un afeitado, quizá?, le dijo casi cantando sobre la melodía de Monalisa. Pues, si no le importa, me gustaría un buen corte de pelo, pero primero un lavado, respondió el cliente mientras se sentaba y apoyaba la cabeza en el lavadero. Un instante después de aquello, justo cuando Samuel apoyó sus dedos en el cráneo del anciano para enjuagarlo, un intenso placer lo invadió. Las yemas de sus dedos recorrieron toda su superficie, despacio, recreándose en sus formas, y casi inmediatamente descubrió que aquello que estaba palpando era perfecto. Sus dedos viajaron de este a oeste y de la parte más inferior del occipital hasta la superior del hueso frontal y no encontró la más ligera desviación, el mínimo bulto o anomalía. Era un cráneo inmaculado, puro, esférico. Era la belleza absoluta. Samuel acaba de conocer por primera vez la perfección, y después de casi setenta años rodeado de mediocridad, acariciar la cabeza de aquel viejo había sido el momento más hermoso de su vida. En ese momento pensó que aquella cabeza era la muestra de que Dios existía y de que no le había olvidado. Fue una epifanía. El primer instante de alegría en la vida del triste peluquero. Esa tarde se recreó en su trabajo como nunca, y disfrutó como nunca, y también hizo otra cosa que nunca antes había hecho, invitó al anciano al corte de pelo.
Por la noche llegó a casa muy contento y ni los reproches de su mujer, ni las exigencias de sus malcriados hijos, empañaron su ánimo. Era un hombre completo, realizado. Estaba convencido de que todos sus esfuerzos y sufrimientos habían valido la pena, todo lo recorrido en su vida le había llevado al magnífico premio de esa cabeza, ese hermoso objeto que pronto volvería a acariciar de nuevo.
En los días siguientes pasó de la felicidad cada vez que rememoraba ese momento a la ansiedad por repetirlo, y de allí a la preocupación primero, y luego al temor de no volver a disfrutar de su cabeza (porque ya la sentía como propia). Y ese temor fue aumentando con el tiempo, al fin y al cabo, pensaba, el dueño de aquella cabeza era muy mayor, y en cualquier momento podría enfermar y quedarse recluido en su casa, o aún peor, podría morir y privarle de su adorado cráneo para siempre. Con esa angustia pasó dos semanas, intentando infructuosamente encontrar al nonagenario caballero dueño de su tesoro. Hasta que un día, los pequeños ojos del anciano le sonrieron desde la calle. Buenos días, me encantaría repetir su fantástico lavado y corte de pelo, ¿está libre en este momento o vuelvo quizá mas tarde?, dijo el viejo asomado apenas por la puerta. Ahora mismo lo atiendo, respondió Samuel entusiasmado.
En esta segunda ocasión Samuel disfrutó aún más si cabe. El anciano, después de soltar una larga perorata sobre lo mal que estaba el país a la que Samuel fingía atender, se durmió profundamente, y fue entonces cuando el peluquero pudo conocer el éxtasis total. Él y su adorada cabeza solos al fin. Sus dedos se deslizaron por el contorno del cráneo como los de un violinista, y así parecía sentirse, como un artista tocando el más sublime de los instrumentos. Pero ante su inmensa felicidad, la posibilidad de que esta pudiera acabarse tarde o temprano le angustiaba. ¿Por qué Dios le daba tal regalo para luego quitárselo? No era justo que aquel anciano hubiera tardado tanto en aparecer por su peluquería, ya casi en el fin de su vida. Definitivamente, pensó, no podía dejar que nada ni nadie le apartara de esa cabeza, y no tardó mucho en trazar un plan para hacerse con ella.
Esta vez había tenido la precaución de averiguar todo lo posible acerca del portador de aquella joya. Sabía ya su nombre, su dirección y algunos detalles personales sumamente importantes que le ayudarían a lograr su objetivo. El anciano era un hombre solitario, sin familiares vivos ni amigos, un hombre de costumbres que solía levantarse temprano para ir a desayunar al mismo bar desde hacía treinta años, luego daba un breve paseo por el barrio y volvía a su casa pronto para no salir hasta la mañana siguiente. Así que desde la una de la tarde hasta las ocho de la mañana se encontraba completamente solo en su casa. Eso le daba un buen margen de maniobra.
El plan era simple, se ofreció a ir a casa del anciano a cortarle el pelo cuando este quisiera, ofrecimiento que fue aceptado inmediatamente y con no poca alegría. Eso sería magnífico, venir hasta su peluquería a mi edad es un gran esfuerzo, respondió el anciano ante la proposición. Una vez en su casa y a solas con el anciano no le sería difícil asfixiarlo con un cojín y cercenarle la cabeza con una sierra. Luego, tres o cuatro  bolsas de basura para esconderla y prevenir posibles goteos de sangre inoportunos, y sólo faltaría enterrarla un tiempo en algún lugar seguro para hacer que la naturaleza limpiara su preciado cráneo de carne, pelos y demás porquería. Claro está que se armaría un gran revuelo cuando encontraran el cadáver, meses después, pero para entonces nadie lo podría relacionar con el anciano. El plan era perfecto. En dos semanas lo llevaría a cabo.
El día D a la hora H, Samuel se encontró el portal del anciano abierto. Magnífico, pensó, menos posibilidades de que alguien me vea. Subió por las escaleras con sigilo y al encontrase ante la puerta de la casa del viejo repasó todo el equipo que llevaba en la mochila. Bolsas de basura para guardar la cabeza, sierra, guantes, gorro para no dejar cabellos en la escena del crimen, plásticos para envolver sus zapatos, ropa para cambiarse y una porra por si los acontecimientos se le iban de las manos y tenía que acabar de una manera más drástica. Si se daba el caso, tenía muy claro que el golpe debía dárselo en el cuello, no fuera a ser que estropeara su preciado cráneo. Cuando fue a tocar a la puerta, descubrió que el destino le había dado un nuevo regalo. Al primer golpe de sus nudillos, la puerta se abrió lentamente. Entró en el piso a oscuras y de puntillas fue buscando al anciano por las habitaciones. Después de visitar tres estancias de la casa vio el bulto de un hombre agachado sobre la mesilla de noche de la habitación principal. Samuel dio dos zancadas hacia el bulto y con un rápido movimiento desnucó al objetivo con su porra. No podía haberlo hecho mejor, pensó mientras sacaba la sierra de la mochila. Veinte minutos después, un exultante Samuel salía a la calle cargando con orgullo su cabeza.
Al llegar a la peluquería estaba muy nervioso. Extrañamente no sentía remordimientos, ni siquiera miedo ante la posibilidad de que lo pillaran, estaba expectante y no encontraba el momento de volver a disfrutar de su tesoro, el cráneo más perfecto del mundo. Cerró el establecimiento y bajó las persianas para evitar visitas inoportunas, y luego se dispuso a abrir la bolsa y sacar su merecido premio.
Mientras esto estaba pasando, a varias manzanas de allí, un pasmado anciano descubría que le habían reventado la cerradura de su casa y le habían robado. Muerto de miedo, llamó a la puerta de un vecino para que le permitiera entrar y llamar a la policía. Media hora después, escoltado por dos orondos agentes, el anciano descubrió el cuerpo decapitado de un hombre tendido sobre su cama.
La historia corrió de boca en boca por la ciudad. La policía estaba perpleja ante el crimen. No habían tardado mucho en dar con la identidad de la victima. Gracias a sus huellas dactilares descubrieron que se trataba de un ladrón bastante conocido por las autoridades, y el aspecto que tenía la casa dejaba muy claro que es lo que aquel tipo estaba haciendo allí, pero el misterio que no dejaba dormir al inspector Contreras era por qué no tenía cabeza. Normalmente a esta gentuza la revienta a balazos algún propietario asustado, cosa que me parece digna de elogio, o a lo sumo mueren de un navajazo en alguna esquina por una pelea, ¿pero quien narices le habrá birlado la cabeza a ese cabrón en mitad de un robo? , ¿y por qué? La mujer del inspector lo miró con condescendencia y le respondió, eso seguro que es una secta satánica de esas, que ya no se donde vamos a acabar, y no te preocupes por la cabeza, que ya aparecerá. El inspector Contreras odiaba que su mujer le dijera eso. Siempre se lo decía cuando algo le preocupaba. No te preocupes por el coche del alcalde, si lo han robado, ya aparecerá, no te preocupes por el niño, si hace tres días que se fue de marcha y no ha vuelto aún, ya aparecerá. La mujer del inspector Contreras vivía en una perpetua tranquilidad que no rompía ningún acontecimiento por preocupante que fuera, y esto dejaba al inspector solo ante cualquier contingencia. Pero la falta de ayuda moral por parte de su esposa no era lo que más le preocupaba, lo que le realmente le inquietaba eran los titulares que empezaban a circular por la ciudad, “el monstruo decapitador” llamaban al asesino en los periódicos. Justo lo que me faltaba, pensó el inspector Contreras, publicidad truculenta.
Samuel pasó días recluido en su casa. La visión de la cabeza cortada de aquel desconocido le perseguía en sus sueños, y durante el día, el miedo a que pudieran relacionarlo con el crimen le impedía siquiera moverse de la cama, y aunque su mujer lo molía a palos todas las mañanas para que se levantara, él sólo era capaz de gemir y ocultar su cara entre las manos como respuesta. Así estuvo, sin salir de la cama salvo para ir al baño,  hasta que una mañana Golfo, que así se llamaba el perro de su hijo, le dio una desagradable sorpresa. Por suerte para él, en ese momento no había nadie más en la casa, así que se evitó la difícil tarea de explicarle a su mujer por qué el perro estaba jugando por el salón con una cabeza humana. En cuanto Samuel vio el cráneo girando por el suelo y en evidente estado de descomposición le dio un vuelco el corazón. Aquella cabeza había venido a buscarlo, quería su venganza y estaba allí para cobrársela. Con un quejido lastimero, se tapó con las sábanas y esperó que todo fuera producto de su imaginación, pero cuando volvió a asomar su cara al exterior vio que allí seguía, inmóvil, con los ojos vidriosos, mirándole fijamente desde el suelo.
Tardó unos minutos en averiguar que es lo que había pasado realmente. El maldito perro la había desenterrado del jardín y había estado jugando con ella por la casa. Samuel se armó de valor y salió de la cama para limpiar cualquier huella de lo ocurrido y luego deshacerse de la acusadora y putrefacta prueba. Un rato después, mientras caminaba por la calle buscando un contenedor de basura donde tirarla, se maldijo por no haberse dado cuenta del error, y es que estaba muy claro que esa cabeza oblonga y amorfa no podía ser su apreciado tesoro. Su forma, que palpaba a través de la bolsa de basura, distaba mucho de la del cráneo perfecto que tanto placer le había proporcionado. Sintió un inmenso alivio cuando se deshizo de ella.
El anciano por su parte, después de varios días anestesiado a base de calmantes y ansiolíticos, al fin había recuperado la presencia de ánimo, y con ella sus ganas de una visita al peluquero. Pero esta vez pensó que mejor sería ir a la peluquería y que le diera un poco el aire.
Llamó a Samuel por teléfono a su casa y le pidió cita para aquella misma tarde. Un Samuel considerablemente alterado le respondió vacilante al otro lado de la línea, con mucho gusto caballero, eh, hummm…, esta tarde lo atenderé. Al colgar el teléfono, una sonrisa lobuna se asomó en el rostro del peluquero.
Cuando avisaron al detective Contreras de que la cabeza había sido encontrada al fin, este se encontraba discutiendo con el concejal de seguridad. El concejal, señor Álvarez del Castillo para más señas, estaba de un humor de perros. El continuo acoso de la prensa le traía de cabeza, y esa mañana en particular no se sentía con ánimos para nada. Había tenido una noche horrible, con unos extraños sueños homosexuales en los que decenas de moros le sodomizaban por turnos, y lo peor no era haberse visto en esa situación, a cuatro patas siendo penetrado por un grupo de magrebíes, cosa que por sí sola ya le causaba la mayor repulsión, no sólo por el acto contranatura y abominado por la santa madre iglesia, sino por que para colmo de males, eran moros los que lo follaban, los asquerosos inmigrantes a los que tenía que poner buena cara en aras de una actitud políticamente correcta, pero a los que secretamente despreciaba. Lo peor de todo es que se había levantado con una descomunal erección que no había podido calmar en toda la mañana. La culpa es de Enriqueta, pensó el señor Álvarez del castillo, si mi esposa se dejara de inventos mi vida sería mucho más tranquila.
Mientras el inspector Contreras le daba todo tipo de explicaciones sobre las indagaciones del caso del decapitador, el concejal sólo podía pensar en la noche anterior, y más concretamente en las palabras de su mujer: ya verás querido como te gusta, me lo ha recomendado una amiga, te va a encantar. Maldita tarada, pensó el concejal mientras recordaba como, acto seguido a sus palabras, su mujer le introducía el dedo índice en el culo justo a mitad del polvo. Y el caso es que le había gustado, más que eso, había sentido más placer en aquella sesión de sexo que en todos los polvos que había echado a lo largo de su vida. Pero cuando el placer cedió, le invadió un sentimiento de vergüenza y culpa que le acompañaba desde entonces. ¿Cómo puede ser que me guste que me den por culo?, ¿seré maricón?, se preguntaba una y otra vez el Concejal sin atender a las palabras del inspector Contreras. ¿Me gustan los hombres y no lo he sabido hasta ahora?
Sumido en sus propias preocupaciones, el concejal Álvarez del Castillo no escuchó nada de lo que decía su interlocutor, y a la pregunta final que le realizó el inspector, ¿y usted que opina del caso del decapitador señor concejal?, el señor del Castillo respondió: seguro que ha sido un jodido moro, un jodido moro maricón.
Esta vez no iba a fallar. La primera vez pecó de ansioso, pero no volvería a cometer el mismo error. Aquella tarde, en cuanto el anciano llegara a la peluquería, Samuel sería frío e implacable. Estaba convencido de que conseguiría su objetivo, su ansiado cráneo. Ya nada ni nadie podría impedírselo. Su convicción le había hecho reponerse por completo y ahora era un hombre nuevo, un hombre con una meta.
Tenía todos los utensilios dispuestos en el almacén de la peluquería, y a los ya utilizados anteriormente había añadido una enorme maleta de su mujer para transportar el cuerpo.
El anciano llegó puntual. Eran las tres de la tarde y no había un alma por las calles. Perfecto, pensó Samuel, perfecto. Después de la conversación ligera de rigor, el anciano se sentó en el sillón y Samuel le tapó el rostro con una toalla húmeda y caliente. Es para que se reblandezca la barba, le indicó el peluquero. Aprovechando que el anciano no podía verle, Samuel se metió en el almacén a coger todo el equipo. Una vez dentro, se recreo en el momento, su momento. Por primera vez en su vida se vio poderoso, capaz de cualquier cosa, un hombre que persigue sus sueños y los atrapa de un manotazo. Cerró los ojos y se imaginó admirando su adorado cráneo, limpio de cualquier rastro del anciano, blanco y redondo, perfecto. Mientras Samuel se deleitaba con sus pensamientos de victoria, fuera, en la peluquería, un nuevo actor apareció en escena. Perdone caballero, ¿tardará mucho el peluquero? Era un joven delgado y medio calvo el que pronunció estas palabras mientras entraba en el establecimiento, es que me tengo que cortar el pelo y tengo un poco de prisa, añadió. Pues no se preocupe, respondió el anciano, si algo me sobra a mi es tiempo libre, ocupe mi lugar y yo aprovecharé para dar un paseo y luego vuelvo. El joven le agradeció el favor, se sentó en el sillón y tapó su cara con el paño del mismo modo que había visto hacer al viejo.
El inspector Contreras estaba indignado. A pesar de haberle comunicado al concejal de seguridad que ya habían encontrado la cabeza, lo que sin lugar a dudas era un gran avance en la búsqueda del culpable, el concejal no sólo no había hecho el más mínimo caso de sus palabras, sino que además le había ordenado dar un vuelco a la investigación y centrarla en los ambientes homosexuales de la ciudad. ¿Qué tendrán que ver los maricones con esto?, se quejaba Contreras ante su mujer, y encima me ha mandado detener a todos los moros gays de la ciudad, esto va a ser un escándalo. Ya estoy viendo los titulares cuando se entere la prensa, “Monstruo decapitador maricón y moro”, vamos a ser el hazmerreír de la profesión. No te preocupes cariño, respondió su mujer con el deje condescendiente que tanto irritaba al inspector, el concejal sabrá lo que se hace, ya verás como aparece el culpable igual que lo hizo la cabeza.

Capítulo 2

María, la mujer de Samuel estaba harta de su marido. Le había dedicado los mejores años de su vida y a cambio sólo había recibido incomprensión y silencio. Ella era la que llevaba la casa adelante, la que se peleaba a diario con sus hijos, la que le había apoyado en los momentos malos, y como respuesta a tanto esfuerzo sólo había obtenido la compañía de un trozo de carne con ojos, sin romanticismo, sin un mísero detalle el día de san Valentín. Era una mujer triste y amargada que fue agrietándose poco a poco hasta convertirse en una pasa, seca por dentro y por fuera. En su madurez, el único consuelo que le quedaba eran las caricias que día sí día no, le proporcionaba un joven del vecindario llamado Darío, feo, desgarbado y tonto como una mosca de la fruta, pero dueño de un descomunal miembro viril que era la alegría de las solteras y casadas del barrio. En el mismo instante en el que Samuel sacaba la porra de su mochila para desnucar a su presa, su mujer se estremecía entre los brazos de Darío. Mientras era penetrada una y otra vez por el joven, escuchó de repente un desagradable chillido proveniente del exterior. Tras un momento de pausa en el que empujó al chico de su lado y se dirigió a la ventana a mirar que ocurría en la calle, volvió a la cama y levantó su grupa hacia Darío para que le volviera e embutir su enorme pene. Que más le daba lo que ocurriera fuera de esas cuatro paredes.

La cara de horror de Samuel cuando quitó el paño que tapaba al cadáver fue indescriptible. Se había vuelto a equivocar, pero esta vez era imposible que hubiera ocurrido. Había dejado hacía unos minutos al anciano preparado para llevarse el golpe fatal, pero ahora se había encontrado con un tipo desconocido desnucado como un conejo para paella, con la cara pálida, el cuello cómicamente torcido hacia un lado y la lengua fuera. ¿Qué había ocurrido?, ¿Qué podía hacer ahora?, y sobre todo, ¿Dónde estaba el maldito viejo que le privaba una y otra vez de su querida calavera?
Con una rapidez de reflejos de la que hasta hacía unos segundos se hubiera creído incapaz, escondió el cadáver dentro de la maleta en el almacén, pero no sin antes cortarle la cabeza y meterla en una bolsa de basura. Esto último ni el mismo sabía por qué lo hizo, quizá porque estaba convencido de que seguir el plan prefijado era lo mejor, quizá por que ya había cogido esa extraña costumbre, o puede ser que fuera por que le había pillado el gusto a hacerlo.

El concejal Álvarez del Castillo seguía profundamente preocupado por su sexualidad. ¿Seré maricón?, se preguntaba una y otra vez mientras se dirigía a los calabozos acompañado del inspector Contreras, ¿y por qué precisamente soñé con moros?,  ¿acaso me gustarán los moros, esos despreciables y miserables moros?, ¿será por su olor a moro?
Al llegar a la sala, un desconcertado inspector siguió sus ordenes y le dejó solo con los treinta y cinco magrebíes detenidos en la reciente redada. Cuando el concejal observó detenidamente a los presos no puedo sentir más que asco hacia ellos. Le repugnaba su color, sus caras, sus ropas, su forma de hablar. Nada había allí que le agradara lo más mínimo. Contento con su pequeño experimento, el concejal Álvarez del Castillo estaba a punto de salir del calabozo, cuando su pene, que hacía una hora se había calmado al fin, se puso enhiesto como una torre. Ante la divertida mirada de los presentes, un avergonzado concejal se quedó pasmado, con un grotesco bulto en su pantalón que apuntaba hacia la meca y una mirada perdida que delataba su incomprensión sobre lo que le estaba ocurriendo. Entre las risas de los chicos del calabozo, un pensamiento doloroso y persistente ya se había alojado en su cerebro, Pues sí que voy a ser maricón, y va resultar que me gustan los asquerosos moros de mierda.

Totalmente colmada y agotada por la coyunda, la mujer de Samuel se relajaba dándose un baño de espuma en la bañera de Darío. El joven, después de limpiarse los bajos con una toallita, esperaba que saliera su amante mientras miraba la calle desde la ventana.
¡Coño!, tu marido acaba de salir de la peluquería, ¿no me dijiste que estaba enfermo en la cama?, y lleva una maleta enorme. ¿Una maleta?, preguntó la mujer desde el aseo, ¿cómo es esa maleta? Pues grande, enorme, y gris, respondió el chico, y añadió, si me hubieras dicho que tu marido estaba por aquí, nos hubiéramos ido al hotel de siempre. Yo no quiero líos con maridos cornudos.
No te preocupes de él, eso es cosa mía, dijo la mujer mientras salía presurosa del baño y totalmente desnuda se asomaba a la ventana. ¡Hijo de puta!, chilló mientras veía a su marido cargando la pesada maleta, era de mi madre, me la dejó en herencia, ¿que narices hace con mi maleta? Pues con lo grande que es seguro que se lleva media casa, igual te está abandonando, terció Darío. Eso es imposible, si ese cabrón intenta dejarme sola con los niños, antes lo capo.

Samuel estaba muy alterado. Mientras arrastraba el baúl con el cadáver por toda la calle, tenía la desagradable impresión de que lo estaban observando. Hasta llegó a creer, posiblemente en un momento de enajenación, que había visto a su mujer desnuda mirándolo desde una ventana de enfrente. Tengo que concentrarme, pensó, no debo ceder al miedo o acabaré cometiendo otro error.
Media hora después, Samuel consiguió cargar el cadáver en el maletero de su coche y puso rumbo al vertedero. Con un poco de suerte, pensó, nadie me verá descargarlo allí. Aún puedo librarme de la ley, y tarde o temprano conseguiré mi trofeo. Y es que, a pesar de los inconvenientes que le habían ido surgiendo, Samuel había salido airoso de todas las pruebas, y eso lo convencía aún más de su capacidad de llevar a cabo satisfactoriamente su plan. Hasta hacía unos días había pasado sin pena ni gloria por la vida como un aburrido y triste peluquero, pero en ese momento ya se consideraba una mente criminal de primer nivel, en ese instante, conduciendo por la carretera con un cadáver decapitado en el maletero, se sentía como Billy el niño, un auténtico forajido de leyenda que persigue su sueño, su tesoro. Se juzgaba por primera vez valiente, intrépido, imparable. Cien metros después de que este pensamiento pasara por su mente, su coche pinchó una rueda y tuvo que detenerse en el arcén.

María estaba fuera de sí. Si era cierto que su marido había decidido abandonarla y pensaba que ella no sería capaz de impedírselo, entonces era que no la conocía bien. Lo esperó horas sentaba en el sofá del salón dispuesta a lanzarle las diez plagas de Egipto a la cara en cuanto se lo encontrara, pero su marido no llegaba. Poco a poco le fue venciendo el aburrimiento y acabó durmiéndose mientras sostenía entre sus manos unas enormes tijeras de podar.

El Ilustrísimo Concejal de Seguridad ciudadana, señor Álvarez del Castillo, no se veía a sí mismo muy ilustre en esa postura. Desnudo y a cuatro patas en el suelo, esperaba angustiado la inminente acometida sexual de Samir, un joven magrebí que había conocido en el calabozo y que había accedido, a cambio de una pequeña suma, a satisfacer la curiosidad del concejal y darle por el culo. El señor Concejal apretó los dientes con fuerza y cerró los ojos a la espera del placer supremo, y también de la suprema de las vergüenzas, que le iban a llegar en breves instantes. Con un sonoro ¡Floook!, el pene del morito se instaló hasta el fondo de las entrañas del concejal, y este, después de resistir como pudo varias acometidas, gritó a pleno pulmón, ¡Me cago en Diooooos!, ¡No soy maricón, esto no me gusta nada!, ¡Sácame ese monstruo del culo moro cabrón! Las quejas del concejal no surtieron ningún efecto en Samir. Samir era un hombre que nunca dejaba nada a medias.

Era ya tarde y Samuel estaba agotado. Había tenido que cambiar la rueda en medio de la carretera, momento que también aprovechó para deshacerse de la cabeza, después se había dado una paliza de trescientos kilómetros al volante para dejar el cadáver en el vertedero de otra ciudad y volver, y por último, había tenido que frotar durante horas el maletero del coche para dejarlo limpio de cualquier rastro que pudiera delatarlo. Su cuerpo le pedía descanso urgente, pero Samuel ya estaba harto de la situación, quería hacerse con la cabeza inmediatamente, sin más dilación. Deseaba sobre todas las cosas volver a frotar el maravilloso cráneo entre sus dedos y poder olvidar el horrible día que había tenido, así que después de aparcar el coche frente a su casa, cogió todo el equipo y se dirigió con paso ligero hacia la casa del anciano. Esto termina esta noche, dijo en voz alta mientras caminaba.

El anciano estaba muy contrariado. Y aunque se sintió satisfecho de la vez que el peluquero le cortó el pelo, sobre todo por el largo y placentero masaje que le dedicó mientras le lavaba la cabeza, en las otras dos ocasiones que intentó repetir la experiencia el resultado fue sumamente frustrante. En la primera de las ocasiones, en vez de al peluquero fue un cadáver lo que encontró, y en la siguiente intentona después de cederle amablemente el turno a un joven, cuando volvió de su paseo se encontró la peluquería cerrada. Con su paciencia colmada, estaba firmemente decidido, con gran pena de su corazón, a cambiar de barbero. Mañana mismo busco otro establecimiento, se dijo mientras preparaba una frugal cena a base de fruta.

María se despertó con el sonido del coche de su marido. Reconocería ese ruido entre un millón de motores, pensó, voy a colgar de los huevos a ese cabrón. Salió a la calle esperando encontrase a su marido avergonzado y sumiso sin atreverse a cruzar la puerta de casa, pero en vez de eso lo vio corriendo en dirección contraria y cargando una mochila. ¿Adonde vas, desgraciado? Dijo para sí rechinando los dientes, y se puso a seguirlo en la distancia.
Este tiene una amante, seguro, se mortificaba María mientras lo seguía. Pues si resulta que no me hace el amor desde hace meses porque se lo hace a otra, esta noche voy a cometer una locura.

La mujer del inspector Contreras preparaba unos deliciosos espaguetis carbonara mientras miraba de reojo a su marido que, sumamente intranquilo, deambulaba por la casa sin dirección aparente. ¿Qué te pasa cariño?, ¿te preocupa algo? Es el maldito concejal, respondió Contreras, nos está volviendo locos a todo el departamento, Esta tarde ha ordenado que soltemos a todos los moros. Y mientras nos marea con sus ocurrencias, añadió el inspector, la prensa se me echa encima como buitres, y para colmo, nadie tiene la menor idea de cómo avanzar la investigación. ¿Habéis mirado lo de las sectas satánicas que te dije?, preguntó su esposa, esos siempre están detrás de estas cosas.
Justo quince minutos después de esa conversación, mientras el inspector mojaba un trozo de pan en la sabrosa salsa carbonara, una llamada de la comisaría le informó de un último hallazgo sobre el caso. ¿Sabes que, caramelito?, dijo el inspector con la boca chorreante de espaguetis, al final vas a tener razón y va a ser cosa de satánicos de esos, han encontrado otra cabeza tirada en la carretera.

El concejal, dolorido y totalmente enajenado, permanecía desnudo y en posición fetal tendido en el suelo. Tenía los ojos cerrados, los labios apretados, y recitaba una extraña letanía mientras lloriqueaba como un niño, malditosmorosmariconesdemierdamariconesdemierda… Samir, cuando salió del aseo y lo vio tan frágil, no pudo evitar conmoverse con la escena y, como le ocurría siempre que se ponía sentimental, sus veinticinco centímetros de polla volvieron poco a poco a alzarse como un mástil.
Jefe, me la ha vuelto a poner como un tronco, ¿quiere que repitamos?, esta vez no se lo cobro.
Cuando el concejal de seguridad ciudadana vio el palo que se blandía ante él, lanzó un alarido y salió corriendo de la casa como poseído por el demonio. Bajó a trompicones los cinco pisos del edificio y huyó por la calle entre gritos horrendos.

El anciano ya estaba terminando de cenar cuando notó que un trozo de albaricoque se le había metido por el conducto equivocado. Aunque durante unos segundos el miedo lo paralizó, enseguida reaccionó y logró arrastrarse medio asfixiado hasta la casa de sus vecinos y tocar a su puerta. El vecino, ya acostumbrado a los sustos que le proporcionaba el anciano, actuó rápido. Se colocó a la espalda del viejo y el realizó la maniobra de Heimlich abrazándolo desde atrás y presionando con las manos en el tórax. Después de tres o cuatro embestidas, el trozo de albaricoque salió expulsado y cayó al suelo. El anciano quedó exhausto, y el vecino, aunque con evidentes signos de fastidio, accedió a acompañarlo a su casa y quedarse con él hasta que se durmiera.

En el preciso instante que el albaricoque botaba en el suelo del rellano del anciano, María se encontraba ya a escasos cien metros del edificio, agazapada entre dos coches espiando a su marido. El desgraciado va a entrar en esa casa, dijo en voz baja. Seguro que allí tiene a su querida. Pues esta vez no se saldrá con la suya, en cuanto baje le voy a romper las pelotas.

Mientras, Samuel, sin sospechar la férrea vigilancia de su mujer, se disponía a subir al piso del anciano y esta vez nada lo detendría. Estaba firmemente convencido de volver a casa con su cráneo y pasaría por encima de quien intentara impedirlo. Sacó de la mochila la sierra y la porra, y armado de esta guisa subió corriendo por las escaleras con un siniestro brillo en los ojos. Soy el ángel de la muerte, decía fuera de sí mientras bufaba con cada escalón, y vengo a por lo que es mío.

¿Sabes que pienso?, dijo la mujer del inspector Contreras mientras se cortaba las uñas en el aseo. ¿Qué es lo que piensas, caramelito?, le respondió el inspector ya casi dormido. Que ese concejal no te respeta, continuó la mujer, no tiene en cuenta tu valía. Creo que deberías hacer carrera política, seguro que se te daría bien, podrías ocupar su cargo y lo harías mil veces mejor que él. Pero, caramelito, ¿Qué se yo de política?, dijo el inspector, yo sólo soy un policía, ¿que voy a saber yo de los “intríngulis” de ese mundo? No te subestimes, cariño, sentenció la mujer del inspector mientras recogía las uñas y las tiraba por el inodoro, tienes todo lo necesario para “ese mundo”. ¿Ah, sí?, ¿y que es eso que tengo que me hace tan útil para “ese mundo”?, dijo el inspector que se empezaba a intrigar con la conversación. La mujer del inspector entró en la habitación, se sentó en la cama próxima a su marido y lo besó con ternura en la frente, acto seguido continuó con su  discurso. No tienes imaginación, ni empuje, ni demasiada inteligencia. Pero, caramelito…, cortó el inspector. No me interrumpas, ratoncito, ahora mismo acabo, continuó la mujer, pues como decía, eres previsible, sin ideas propias y un poco vago, y lo mejor de todo, añadió la mujer tapando la boca de su marido que airado estaba a punto de volverla a interrumpir, eres incapaz de llevarle la contraria a tus superiores, eres el concejal perfecto para esta ciudad, pero hasta ahora no lo sabías.
El inspector no supo que decir. Miraba incrédulo a su mujer e intentaba asimilar todo lo que acababa de oír. Su mujer lo besó en los labios, un beso profundo y dulce, y añadió, todo esto lo digo por tu bien, es bueno que conozcas tus cualidades para poder aprovecharlas. Te quiero mucho, ratoncito, ten fe, seguro que aparecerá el asesino que buscas, y ya verás como en poco tiempo serás tú el concejal. Buenas noches, ratoncito. Buenas noches, caramelito.
Esa noche, el inspector Contreras no pudo pegar ojo. Tenía mucho en que pensar

María seguía vigilando la entrada del edificio, cuando una gran masa de carne desnuda y sudorosa chocó con ella. El golpe la lanzó al suelo y tardó unos segundos en darse cuenta de lo que había pasado. A su lado, encogido en forma de una enorme albóndiga, vio lo que parecía un hombre desnudo sollozando. Intentó calmarlo pero fue tarea imposible. El obeso nudista era inconsolable, con la cara tapada entre sus manos repetía sin cesar, malditosmorosmariconesdemierdamaridonesdemierdamariconesdemierda… La mujer del peluquero, aunque sumamente irritada por la actitud de su marido, no podía dejar sólo y desvalido a aquel hombre, así que, apiadándose de él, se ofreció a llevarlo a su propia casa y darle algo de ropa. Consiguió que se levantara y agarrándolo de la mano lo fue arrastrando calle abajo.
Cuando no llevaban recorridos ni diez metros, se cruzaron con un joven que salía de un portal. El concejal Álvarez del Castillo, que ya había conseguido calmarse un poco, en cuanto vio al chico mudó el rostro. De repente se puso pálido como la cera y, mientras miraba muerto de miedo el pelo rizado y la tez oscura del chico, lanzó un alarido inhumano: ¡Un mooooro!, ¡un mooooooro! Segundos después, María y el joven observaron incrédulos como los cien quilos de concejal comenzaban a correr como alma que lleva el diablo, tirando una papelera, tropezando y cayendo cada pocos pasos, y acabando por entrar al portal de una casa y perderse de vista. ¡Coño!, pensó maría, el pobre desgraciado ha entrado al mismo portal que mi marido, esto se va a poner interesante.

El anciano dormía profundamente, así que no oyó nada de lo que pasó en su casa aquella noche. Como un convidado de piedra asistió sin enterarse de nada a la repentina aparición de Samuel que, armado hasta los dientes, tiró la puerta abajo de una patada. Tampoco escuchó el grito de fastidio de su vecino, que con un “mecagoentodo” la emprendió a golpes con el pobre peluquero. Por supuesto, los dormidos oídos del viejo no llegaron a apreciar el crujir de huesos de Samuel mientras su vecino, un hombre pequeño pero muy fornido y curtido durante treinta años descargando barcos, destrozaba su cuerpo a puñetazos y patadas. El sueño y una severa sordera también privaron al anciano de escuchar el retumbar del suelo cuando un hombre obeso y desnudo apareció en el rellano lanzando alaridos de mujer y tapándose el culo con las dos manos, ni las blasfemias del vecino, que ya fuera de sí, dejaba tendido al peluquero y se subía a la espalda del gordo para acabar con él. También le fue imposible al anciano enterarse del trompazo que se pegaron los dos al caer por el hueco de la escalera mientras forcejeaban. Así que esa noche el anciano durmió plácidamente, y soñó con su juventud, y con Belén, su primera novia, a la que besaba bajo un olivo cuando nadie los veía, y a la mañana siguiente amaneció muerto de un infarto, pero con una bonita sonrisa pintada en sus labios.

Samuel en cambio no tuvo una mañana tan plácida. Le dolían todos los huesos y además se sentía muy frustrado. No sólo no pudo cortarle la cabeza al anciano, si no que en el intento perdió su equipo. Lo he dejado todo lleno de pruebas, pensaba mientras se colocaba una improvisada faja de tela alrededor del tórax, seguro que ya saben que fui yo, no tardarán en venir a buscarme. No recordaba bien cómo llegó a casa, lo último que podía traer a su mente, antes de que todo se volviera negro, era una la visión de una enorme manaza golpeado su cara. Y tampoco tenía la más remota idea de lo que había pasado aquella noche. Lo que iba a ser un trabajo rápido y fácil, ¡sólo era un pobre viejo, por el amor de Dios!, se convirtió en una batalla campal. Pero lo más raro de todo era la extraña sonrisa que tenía su mujer, una sonrisa acusadora que le dedicaba mientras le ayudaba a remendarse. ¿Acaso sabe algo?, pensó Samuel, no imposible, si lo supiera estaría muerta miedo, si supiera que soy un asesino frío y sádico no estaría tan tranquila a mi lado.

Esa mañana el inspector Contreras empezó a sospechar que su mujer era bruja. Había acertado en todo lo que predijo. El asesino apareció solo, sin que él tuviera que hacer nada para encontrarlo, y si eso no fuera poco, el alcalde acababa de pedirle que se presentara para concejal de seguridad ciudadana en las próximas elecciones. Mientras miraba asombrado como se llevaban detenido al Concejal Álvarez del castillo, intentaba exprimir al máximo su cerebro para encontrar una explicación mínimamente creíble para presentársela a la prensa. Dos hombres descabezados, un anciano muerto de infarto, bueno, a este lo podía eliminar de la ecuación, seguramente no tenía nada que ver con el caso, otro muerto por caída desde gran altura y un concejal desnudo y aturdido. ¿Cómo narices iba a encajar todo eso?
De repente, un brillo de inteligencia iluminó al inspector: Ya está, ya lo tengo.

Samuel no salía de su asombro cuando leyó el periódico. En grandes letras rojas se destacaba: “Capturado el monstruo decapitador”, y un poco más abajo, como subtítulo: “Atrapado el concejal satánico”. El artículo era aún más delirante. Según se describía, el concejal era miembro de una secta satánico-nudista, que acechaba a sus víctimas en bolas para cogerles desprevenidos y robarles la cabeza. El periodista daba como pruebas la aparición del concejal en cueros y desmayado encima de una de sus víctimas, y añadía que se habían encontrado en la escena del crimen la porra, la sierra y la mochila con bolsas para guardar las cabezas. Del interrogatorio al concejal sólo se desvelaba que este aseguraba no recordar nada, pero demostraba una animadversión enfermiza contra los inmigrantes árabes, por lo que ya se estaba investigando la posible colaboración de grupos de xenófobos de extrema derecha. Por último se elogiaba en el artículo la impecable investigación de la policía, investigación comandada por el famoso inspector Contreras, del que se rumoraba que próximamente podría ocupar el cargo del concejal saliente.

Y ahora haz el favor de contarme que es lo que pasó anoche, dijo María a su marido, está claro que no ibas a ver a una amante, ni que tampoco te ibas a fugar de casa, ¿verdad?
¿Cómo?, ¿pero tú cómo sabes…? trató de decir el angustiado y perplejo peluquero. ¿No recuerdas cómo saliste de allí, verdad?, interrumpió María. Pues la verdad es que no recuerdo casi nada de anoche, todo ocurrió muy rápido y… Pues fui yo quien te sacó de allí, llevaba tiempo espiándote y cuando entró el gordo loco decidí ir detrás suya…
María explicó al peluquero todo lo que vio en el piso y cómo lo arrastró de un pié durante media hora hasta llevarlo a casa. Después de escuchar atentamente a su mujer, Samuel se echó a llorar como un niño, gimió y moqueó toda la tarde, y entre moco y moco le contó a su mujer la historia del viejo y de su cabeza, y de cómo se había sentido tocando ese cráneo perfecto, y luego fue narrando los crímenes infames que había cometido, y lo fuerte y valiente que se sentía mientras segaba cabezas en busca de su tesoro. Fue una descripción larga y detallada en la que no se dejó nada en el tintero. Durante toda su exposición mantuvo la cabeza gacha, sumamente avergonzado, no se atrevía a mirar a su mujer a los ojos. Cuando la mano pequeña y fría de María le cogió la barbilla y lo obligo a levantar la vista, Samuel observó una expresión inquietante en su mujer. No era asco, ni asombro, ni siquiera miedo, era la misma cara de depredadora sexual que le ofrecía a Darío cada vez que este le enseñaba su enorme pene, pero claro, el peluquero hasta ese momento nunca había visto esa expresión. Con un movimiento felino, María se abalanzó sobre su marido y lo tiró al suelo. Cariño, dijo María a un asustado Samuel, es la primera vez que te he visto comportarte cómo un hombre de verdad, y aunque es un poco fuerte todo lo que me has contado, no sabes lo cachonda que me has puesto. Acto seguido hicieron el amor como bestias. Toda la noche. María tuvo tres orgasmos y a Samuel se le terminaron de romper las pocas costillas que tenía sanas.

¿Ves cariño, como tenía razón?, dijo la mujer del inspector. Es cierto, caramelito, me tienes admirado, se cumplió todo lo que me dijiste, respondió Contreras. Claro que sí, ratoncito, por eso tienes que hacerme caso siempre a todo lo que te diga, añadió la mujer mientras acariciaba el pecho peludo del inspector. Por cierto, continuó la mujer, ¿cómo está la mujer del concejal?, sabes que es muy amiga mía, ¿la están tratando bien tus compañeros? Claro que sí, caramelito, respondió Contreras, me ocupé personalmente de que tuviera toda la ayuda posible. Eso está bien, pobrecilla, lo que tiene que estar sufriendo desde que se descubrió que su marido era un satánico nudista, continuó la mujer. Pues sí que lo estará pasando mal, dijo el inspector mientras tiraba torpemente del cierre del sujetador de su mujer para intentar acabar con el tema de conversación. Ay, ratoncito, que torpe eres, me estás haciendo daño, deja, ya lo hago yo, dijo la mujer mientras se quitaba el sujetador dejando escapar dos gigantescos pechos, te veo retozón, ratoncito, ¿quieres jugar con mami, verdad?, Pues no te preocupes que hoy te lo has ganado campeón, hoy voy a hacerlo con todo un señor concejal, jijiji, va a ser todo un honor, por cierto, te tengo preparada una sorpresa, es una idea que me dio la pobre mujer del concejal, algo que probó con él y me dijo que le encantó, no, no pienso decirte lo que es, ahora mismo lo descubrirás. Y dicho esto, la mujer extendió el dedo índice y lo dirigió hacia el culo del inspector Contreras.

 

Epílogo

 

Al día siguiente, el peluquero y su mujer asistieron al entierro del anciano. Ante el féretro sólo se encontraban ellos dos y el cura. Mientras el sacerdote rezaba unas plegarias por el alma del finado, María le dijo por lo bajo a su marido, ¿Tan excepcional es esa calavera? Es el objeto más hermoso del mundo, respondió el peluquero. Entonces quiero que me la traigas, añadió María. ¿Cómo?, tartamudeó Samuel. Ya lo has oído, quiero tenerla, esta noche ves al cementerio y desentiérrala para mí, follaremos como locos frente a ella, después de todo el lío que has armado lo menos que puedes hacer es conseguirla para mí. Y una cosa muy importante, que no se te ocurra cagarla de nuevo.

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