A veces las cosas pueden ser como uno quiera que sean

Mi tío estaba loco. Esa era la única explicación que me dieron cuando me prohibieron volver a verle. Yo tenía seis años, él treinta y tres. Hace cuarenta años de aquello.

Mientras dirijo mi coche por el camino pedregoso que lleva hasta su pueblo repaso los últimos acontecimientos de mi vida.

– Acontecimiento 1: Mi mujer me dejó hace seis meses

– Acontecimiento 2: Mis hijos no me soportan desde que pasaron la adolescencia

– Acontecimiento 3: Mi trabajo es una mierda

– Acontecimiento 4: Este más que un acontecimiento fue una sensación. Pasó hace un mes. En la playa. Vi a un hombre sacando un pulpo del agua y una vez en la arena, metió una mano por el hueco de su cabeza y le dio la vuelta como a un calcetín. De repente lo que estaba dentro pasó a estar fuera y lo de fuera a dentro. Era el mismo animal, pero completamente distinto. Imaginé que en ese momento el pobre bicho podría verse por primera vez a si mismo. Imaginé lo que sentiría y descubrí que yo sentía lo mismo. Estaba vuelto del revés. Desde hacía años. Por eso no veía más que mi interior. Por eso no me gustaba lo que veía. Por eso a nadie le gustaba lo que veía en mí. Porque lo que veían no estaba en su sitio.

– Acontecimiento 5: Hace cinco años recibí una carta de mi tío. El loco. El ermitaño de las montañas. El hombre peligroso a quien me prohibieron volver a ver. La carta tenía una casita dibujada a lápiz, una casita y una sola palabra: “HOLA” que se mostraba en letras mayúsculas.

En su momento metí la carta en el fondo de un cajón y me olvidé de ella. Pero hace una semana la vi de nuevo. Estaba buscando unos documentos que me había pedido mi exmujer y por casualidad la encontré. La volví a leer y noté algo raro en el papel que no había apreciado la primera vez. Debajo de la palabra “HOLA” se veían unas líneas marcadas en la hoja. Cogí un lápiz y raye con cuidado la zona. Apareció una nueva palabra: “CARABOLA”.

“HOLA CARABOLA”. En ese momento recordé que así me llamaba de pequeño y también recordé su costumbre de dejar mensajes secretos en papeles para que solo yo los descubriera. Me enterneció. Realmente estaba loco pero no se había olvidado de mí. Yo si que lo había hecho. Lo hice hace muchos años. Hasta ese día no había vuelto a pensar en él.

Hola carabola me decía y yo le respondía, buen día carasandía.

Ya queda menos de un kilómetro para llegar y algo se me remueve en las tripas. Estoy emocionado por el reencuentro y no se realmente porqué. ¿Qué puedo esperar de un viejo loco que sigue mandándome los mismos mensajes de cuando era niño?, ¿me reconocerá siquiera o se habrá quedado con la imagen del pequeño rechoncho y alegre que dejé de ser hace siglos? Tengo la seguridad de que necesito verlo, de que puede ayudarme a reencontrar algo mío que perdí y no volví a recuperar desde mi niñez. Quizá, ya que estoy del revés, estar con un loco me haga darme cuenta de lo que es estar del derecho. Suena estúpido y seguramente lo es, pero tampoco tengo nada que perder. A lo peor veré un anciano medio atontado y balbuceante que ni me reconocerá, pero al menos le habré hecho la visita a un pariente. Mi buena acción del día.

Ya he llegado al pueblo, sólo me queda localizar su casa. Se que está apartada del resto, sola en medio de las montañas.

Pregunto por mi tío a un niño que veo jugando en la calle.

– ¿Aquiles? Claro que lo conozco. La casa de mi tío Aquiles está siguiendo el camino. Cuando veas el árbol para el coche y sigue andando. Al tío Aquiles no le gusta el ruido de los coches.
– ¿Qué árbol? Aquí hay miles de árboles.
– No te preocupes, lo reconocerás enseguida. No habrás visto uno igual en tu vida.
– De acuerdo, muchas gracias. Hasta luego
– Hasta luego, caraborrego.

Arranco el coche y continúo la marcha. Caraborrego me ha llamado y ha dicho que es su tío Aquiles. Se ve que se le dan bien los niños a mi tío. Debe de ser el tío de media comarca. En fin, cosas de los pueblos.

A mitad del camino veo a una mujer. Paro a preguntarle a ella, espero que su explicación sea más clara que la del niño.

– ¿El tío Aquiles? Claro que lo conozco. Si quieres me subo contigo y te indico, yo iba a su casa ahora.

La mujer se ha subido al coche. Lleva un vestido corto y no puedo evitar desviar la mirada hacia sus muslos. Debe tener unos cincuenta o cincuenta y cinco años. Carnes duras y generosas. Buen escote. Ojos castaños. Huele a hierba y sudor.

– ¿De que conoce al tío Aquiles? -me pregunta la mujer.
– Soy su sobrino.
– Jajaja. No le he preguntado eso. Aquiles es el tío de todos aquí. Le pregunto de qué lo conoce.
– Es el hermano de mi madre. Hace muchos años que no lo veo. Desde que era pequeño.

Le ha cambiado la expresión a la mujer. Me mira triste.

– Lo siento, no sabía que eras su sobrino “de verdad”. No sabíamos que tuviera familia. Nunca vino nadie de fuera a verle.
– Ya, desde su enfermedad me prohibieron visitarle.
– ¿Qué enfermedad? Aquiles siempre estuvo más sano que una manzana.
– Su enfermedad mental, ¿cual va a ser?
– Jajaja, que estupidez más grande. No he conocido hombre más lúcido en mi vida. ¿Quién te dijo esa tontería?
– Mi madre, cuando yo tenía seis o siete años. Y me dijeron que no debía verle, que era peligroso.
– No te diré nada malo de tu santa madre que, como decía Aquiles, son el principio de todo, y además no la conozco, pero desde luego te mintió. Tu tío es la mejor persona que he conocido en mi vida.

Esto empieza a ser extraño. Desde luego, lo que oigo no tiene nada que ver con la idea que tenía en mi mente sobre mi tío.

– Ya hemos llegado. Aquí está el árbol.

El chico tenía razón, no hay posibilidad de equivocarse de árbol, no debe de haber otro igual en el mundo. Es una encina pequeña, de apenas tres o cuatro metros y de sus ramas cuelgan decenas y decenas de libros. Los libros están sujetos con finas cuerdas a las ramas. Si me alejo un poco puedo ver como sus hojas cubren la parte superior, mientras que la inferior está completamente vestida con una tupida capa de libros.

– Es el árbol donde nacen los libros -me dice la mujer- Aquiles les dijo a los niños que algunos libros, los más hermosos, venían directamente de los árboles.
– Pero eso es mentira. ¿Cómo le permitisteis que les hiciera creer eso?
– No lo hicimos. Otros padres y yo fuimos a quejarnos. Y nos dijo que se puede mentir, siempre que uno se comprometa a convertir en verdad la mentira. Por eso, desde entonces, los libros van creciendo en el árbol, tal como dijo. Primero son pequeños libros de apenas el tamaño de una nuez, son todos verdes y no se pueden coger aún. A los meses aparecen los libros de bolsillo que, según Aquiles, se pueden hojear pero no arrancar y en Febrero temporada de recogida de los libros, se reúne a los niños del pueblo y estos cogen con cuidado sus libros y cuentos ya maduros.

– Pero aún así sigue siendo mentira. No debería hacerlo.
– Mira, verdad o mentira. Desde que llegó tu tío al pueblo, todos los niños esperan ansiosos el uno de Febrero para poder recoger sus libros y leerlos. Y eso, te lo aseguro, en los tiempos que corren es un milagro.

Me acerco al árbol e intento coger uno de los libros.

– Aún no, niño impaciente, me dice la mujer con una sonrisa. Aún están verdes. Tendrás que esperar como todos a que llegue Febrero.

Avergonzado, la sigo por el sendero hasta la casa. El sendero está rodeado de árboles. Es angosto y zigzagueante. Al final se ve la casa. Es igual a la del dibujo de la carta. Una cabaña de madera pintada de blanco. Con una enorme bandera blanca enganchada en la fachada.

– Es por el estado de ánimo, dice la mujer adivinando mis pensamientos.
– ¿Cómo?
– Aquiles decía que el mundo sería mejor si supiéramos más los unos de los otros, así evitaríamos los cotilleos y los malos entendidos. Decía que liberaba no tener ningún secreto que esconder.
– Perdona, sigo sin entender nada.
– Te pongo un ejemplo. Un día, hace muchos años, Aquiles se enamoró de la nueva profesora del pueblo. En cuanto se los vio juntos paseando de la mano, comenzaron los rumores. Que si era mayor para ella, que si ella le quería por su dinero, que si el había tenido otra mujer antes y la había abandonado años atrás, que si no pensaban casarse y mil cosas por el estilo. Cuando se enteró del revuelo se enfureció. Entró al ayuntamiento subió hasta el segundo piso y salió al balcón. Llamó a gritos a todos los vecinos y cuando nos tuvo a todos reunidos en la plaza del pueblo comenzó a contarnos todos los secretos que guardaba desde niño. Las novias que tuvo, la vez que con quince años espió a su prima mientras se desnudaba, otra ocasión en que lo pillaron robando con diecisiete y que le causó la mayor vergüenza de su vida, y también habló de la gente que le caía bien y la que no, las cosas que le gustaban y que no le gustaban de cada uno de nosotros, y hasta sus gustos sexuales expuso delante de todos los presentes, esto último hizo que el párroco palideciera y se desmayara, y que a más de una mujer le subiera un calorcito por las piernas y se le enrojeciera el rostro. En fin, todo esto dijo, y cuando acabó su exposición, declaró su amor por la profesora a los cuatro vientos y añadió que lo que pensaran los demás le traía sin cuidado. Nos dejó a todos boquiabiertos y, por supuesto, no volvieron a haber chismorreos sobre su vida.
– Increíble. Vaya hombre. Y todo esto me lo había perdido hasta ahora. ¿Y la bandera por qué es?
– Ese mismo día, enfadado como estaba, colgó una bandera roja de la fachada de su casa. No quería ver a nadie y así nos lo dejó claro. Hay cuatro banderas. La roja que te he dicho para cuando no quiere ver a nadie cerca, la blanca cuando está de buenas, la azul cuando está triste y quiere que el que la vea se acerque a hablar con él, y la verde, la verde, jejeje, la puso para seguir espantando a los meapilas del pueblo, la verde la ondeaba cuando estaba teniendo sexo, solo o acompañado.
– Jejeje, vaya hombre. Es todo un personaje.
– Desde luego que lo era. Cuando vino a vivir al pueblo yo era una niña. Todos los días iba a su casa y él me contaba alguno de sus maravillosos viajes por la india o por África. Me hablaba de los monos que conocía, que allí eran su familia, y de lo que hablaba con ellos.
– ¿Y tú te tragabas todo eso? Menudo embustero.
– Jajaja. Mi madre también me decía lo mismo y yo le respondía igual que te responderé a ti, ¿alguna vez has intentado hablar con un mono?
– Pues no, que tontería.
– Por eso no hablan contigo, los animales son muy educados y algo tímidos, solo hablan a quien previamente les pregunta algo. Yo tengo un perro y te aseguro que mantenemos conversaciones mucho más coherentes que las que tengo con mi marido.
– jeje, puede que tengas razón.
– ¿Y te contó algo más?, ¿te habló de su familia?
– No, ese era un tema que le entristecía mucho. Él decía que su familia era quien le quisiera, por eso se convirtió en el tío Aquiles, el tío de quien lo quiso.
– Perdona tanta pregunta, se que estoy siendo muy pesado.
– Al contrario, es un placer, pregunta lo que quieras.
– ¿Por qué hablas de él en presente algunas veces y otras en pasado?
– Sigamos caminado, ya casi estamos -me dice haciendo oídos sordos a mi pregunta.

Entramos en la casa. Es extrañamente acogedora. Tiene todo tipo de objetos exóticos colgados por las paredes, apoyados en los muebles o guardados en vitrinas. Miro de cerca uno, una especie de cuerno de rinoceronte. Al revisarlo bien descubro que no es de verdad, está tallado en madera.

– Este cuerno  lo trajo de África -dice la mujer mientras me observa con interés- Desapareció del pueblo de repente, y unos días después volvió vestido de cazador, con dos escopetas enormes al hombro, y ese cuerno colgado de la espalda. Nos contó que se había ido de safari a despejar su mente.

Hay decenas de objetos igual de extraños dispersos por el salón y la mujer me va contando la historia de cada uno de ellos. Las recuerda todas y se le ilumina la cara cada vez que me habla de ellos. Yo no la contradigo, pero se que todos esos objetos los debió hacer él mismo, o quizá los compró en alguna estrambótica tienda de objetos usados.

Las historias que me cuenta la mujer son deliciosas. Poco importa que sean mentira, las disfruto igual que un niño.

Estoy deseando conocer a mi tío.

– Estas flechas se las regalaron una tribu de indios del amazonas -me dice sosteniéndolas temblorosa- Esos indios, según me contó tu tío, eran los más valientes guerreros de América. Me dijo que un día, tristes porque acababa de morir su jefe, el más anciano y sabio del poblado, decidieron en asamblea que ya no querían volver a ver morir a ninguno más de sus miembros. Así que, a través de su hechicero, hablaron con la muerte y la convencieron de que a cambio de no traer más niños al mundo los dejara en paz. Para la muerte era muy importante seguir manteniendo el equilibrio. Si no se iba nadie tampoco podía venir nadie nuevo. Sellaron el pacto con una serie de ritos mágicos y desde entonces no murió nadie más ni nació nadie más. Las dos partes cumplieron su trato durante años. Aquiles lo verificó en sus periódicas visitas al poblado. Tu tío iba envejeciendo poco a poco y en cambio por ellos no pasaba el tiempo, seguían todos igual de fuertes y jóvenes pero cada vez los veía más apagados, sentía que les faltaba la alegría, estaban como un poco muertos por dentro cada vez con menos ilusión por el mañana, con menos ganas de vivir. En su última visita años después algo había cambiado. En sus caras y su piel se reflejaba al fin el paso de los años. Habían perdido la fuerza de la juventud, pero habían recuperado el brillo en sus ojos. Estaban viejos, pero felices. Ante la extrañeza de tu tío le contaron que un par de estaciones después de su última visita, una mujer los reunió a todos y les dijo que deseaba tener un hijo sobre todas las cosas. Vivir eternamente no le compensaba si para ello tenía que renunciar a saber lo que era criar a su hijo y verlo hacerse un hombre, y para ello estaba dispuesta a morir después si era necesario. Resolvieron en preguntarle a la muerte si le daba permiso para hacer una excepción en su caso y esta les dijo que podría hacerlo ella y quien quisiera, siempre y cuando aceptaran después el orden natural de la vida. Un hombre viene y otro tendrá que irse cuando venga su momento, les dijo. Así lo hizo la mujer. Tuvo un niño y fue feliz criándolo y viendo como se convertía en hombre, y el resto de miembros de la tribu envidiaron su felicidad durante años. Cuando le preguntaban si no tenía miedo a morir ella señalaba a su hijo. Míralo, es mi niño y pronto será un hombre, yo vivo en él, y viviré siempre en él y en sus descendientes. Con el tiempo el resto de las mujeres y los hombres decidieron seguir su ejemplo, y así en poco tiempo volvió la alegría al pueblo. Y, aunque la muerte volvió a aparecer por el poblado de nuevo, esta vez los designados a morir así como sus familiares la esperaban tranquilos y felices. Sabían que gracias a que eso pasaba sus hijos habían podido nacer y que en ellos vivirían para siempre. Desde entonces son los guerreros más valientes de América, pues ninguno tiene miedo a morir.

– Una historia preciosa, amiga mía, pero sabes que es totalmente mentira, ¿verdad?
– Das demasiada importancia a la verdad. A veces las cosas pueden ser como uno quiera que sean.

La mujer ha empezado a llorar.

– Tu tío me contó esta historia cuando mi madre murió y me hizo sentir mejor. Me hizo superar el peor momento de mi vida con un simple cuento. Una mentira, quizá lo fuera, pero para mí fue verdad, fue la verdad más importante que me han dicho en la vida. Cuando acabó de contarme la historia me regaló estas flechas. Me las dio para que yo fuera igual de valiente que aquellos indios y no temiera a la muerte.

No se que decirle. Creo que lo mejor es dejarla llorar tranquila. Mientras, camino por la casa repasando cada detalle. No había estado nunca aquí, pero todo me parece familiar, cercano. Los colores, los olores, el sonido del viento atravesando los árboles que se cuela por la ventana. Todo esto ya lo conocía, y si no es así, así lo siento.

Cojo un libro de la estantería. Cyrano de Bergerac. Al leer el nombre en su lomo no pude resistirme a hojearlo. Este libro me marcó de joven. Una historia triste, como lo suelen ser las más hermosas. Las tres últimas páginas están arrancadas. En su lugar hay unas nuevas, escritas a mano y pegadas al libro. Las leo. Mi tío cambio el final. En el suyo, Cyrano consigue esquivar el ataque de sus enemigos, salva su vida y después, venciendo su temor al rechazo,  se declara a su prima consiguiendo su amor, y vivieron felices y comieron perdices para siempre.

A veces las cosas pueden ser como uno quiera que sean. Eso dijo la mujer hace un momento. Como me gustaría que fuera cierto.

– Cada objeto de esta casa tiene una historia y cada uno de ellos fue regalado por tu tío a alguno de sus sobrinos y sobrinas del pueblo.
– ¿Conoces todas esas historias?
– Si y no he olvidado ninguna. Pero ya te contaré el resto más adelante. La mujer de tu tío está arriba. Seguro que le gustará conocerte.
– ¿La maestra?
– Sí. Está en el balcón esperando que Aquiles vuelva.
– ¿De donde tiene que volver?, ¿no está en el pueblo?

La mujer comienza a andar hacia las escaleras sin responderme. Yo la sigo. Arriba me presenta a la maestra. Nos encontramos en un gran balcón al que se accede desde la habitación. La mujer de mi tío no me mira. Está pendiente del camino. Tampoco habla apenas. Sólo se ha dirigido a mí para saludarme. Es la mujer la que mantiene el peso de la conversación. La maestra es más joven de lo que pensaba. Apenas tendrá uno o dos años más que yo. Cuando se conocieron ella debía ser muy joven y él calculo que tendría más o menos mi edad actual. Tengo demasiadas dudas para seguir callado más tiempo.

– ¿Y cuando cree que volverá mi tío?, estoy deseando conocerle.

Las dos mujeres se vuelven a mirarme. He metido la pata. A la mujer de mi tío se le empañan los ojos.

– No lo se, hace cinco años se fue a uno de sus viajes a la India y suele tardar en volver cuando va tan lejos. Pero seguro que volverá pronto y traerá otra de sus estúpidas alfombras voladoras, y a esta tampoco la hará funcionar. Siempre se olvida de traer las instrucciones.

Después de decirme eso la profesora se apoya en la barandilla y se olvida por completo de nosotros. La mujer estira de la manga de mi camisa y me lleva al primer piso.

– Lo siento mucho. Pensaba que hoy estaba de buenas, por la bandera blanca. Pero esta claro que no deberíamos haber venido.

Salimos de la casa y nos paramos en el claro del bosque. Me siento perdido. La mujer me abraza y me besa en la frente. Ahora me siento acogido, como un niño.

Llevo un rato llorando, pero no me había dado cuenta hasta ahora.

– Tu tío te quería. Te quería mucho. Te quiso tanto que necesito a todos los niños del pueblo para sustituirte.
– Lo se -respondo.
– También sabes que no se fue a la india, ¿verdad?
– A veces las cosas pueden ser como uno quiera que sean, ¿no?
– Exacto.

La mujer rechaza mi ofrecimiento de llevarla de vuelta en el coche. Me dice que prefiere caminar. Arranco el motor y me pierdo entre las encinas.

En Febrero volveré para la cosecha.

3 Comments

  1. Una historia para cuando queramos construir, para refutar con mentiras relativas a verdades absolutas. Entrañable y magistral el cuento de "una tribu de indios del amazonas". Un cuento dentro de otro cuento. Una lección sobre como abordar la realidad a través de fantasías encadenadas.

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