Paciencia

Dos horas después de mi último asesinato volví a casa, me duché y pedí una pizza por teléfono. Mis manos ya no temblaban y mi corazón había vuelto a su ritmo natural hacía un buen rato. Todo había marchado bien. Es extraño lo poco que puede afectar el acabar con una vida. Lo único que me preocupó mientras lo mataba era evitar que me manchara mi camisa nueva. Se que suena feo, pero era un regalo de mi novia y no quería enfadarla.
Esa noche dormí a pierna suelta. La única inquietud que tenía, la causaba el riesgo de que me atrapara la policía, pero sabía muy bien que eso era imposible, había tomado todas las precauciones y nada me relacionaba con el difunto, así que estaba fuera de peligro.
Al día siguiente compré el periódico, me fui a mi cafetería de siempre y lo leí con tranquilidad. La noticia salía en primera página, con una foto en la que se podía ver el cuerpo de la victima tapado con una sábana y un reguero de sangre coagulada alrededor. En el artículo no se daban excesivos datos, y reconocía que la policía no tenía ninguna pista sobre la que trabajar. No decía nada sobre el bocadillo a medio comer que yo había dejado dentro de su boca, ni sobre el hecho de que tuviera los pantalones bajados. Supuse que sería secreto de sumario y que la policía se lo había ocultado a la prensa. Cerré el periódico y saboreé lentamente mi café con una sonrisa de satisfacción en la cara. Ya sólo quedaba uno.
A mi última victima la veré dentro de un año. Aunque tengo ganas de terminar mi trabajo, no es cuestión de cometer un error estúpido por culpa de la precipitación, además, así no podrán encontrar ninguna conexión temporal con el resto de los asesinatos. La clave es la paciencia, ya me lo dijo mi padre: “si quieres hacer algo bien, lo último que tienes que pensar es en el tiempo que te va a llevar hacerlo”, y eso es muy cierto.
Ya he decidido que regalo le voy a dejar al último. Será una bicicleta nueva, buscaré una exacta a la que me regaló mi padre cuando tenía diez años, verde con ribetes negros, igualita a la que me robo ese malnacido el mismo día que la estrené. Quedará muy gracioso cuando lo encuentren pegado a ella y envuelto en llamas.
Con él acabará todo, y eso me causa un ligero desazón. Cuando has dedicado tantos años de tu vida a un proyecto, da pena terminarlo. Por un lado anhelo ver mi obra finalizada, pero siento un gran vacío al no saber a que haré a partir de ahora, y es que es triste vivir sin planes de futuro.
No se, al igual a alguien se le ocurre volver a maltratarme. Algún desaprensivo se aprovecha de mí, o al verme tan apocado decide humillarme en público como ocurrió en el colegio. Si algo así pasara, debería ponerme enseguida manos a la obra. Tendría que dedicar mucho tiempo a estudiar su vida. Espiarle en su día a día, anotando todo acerca de sus conocidos y sus costumbres, y así, dentro de algunos años podría encontrarme cara a cara con él y devolverle el golpe… y eso sería fantástico.

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