Año: 2023
Técnica: Óleo sobre lienzo
Dimensiones: 100X70 cm
El arroyo
Era una muchacha de dieciséis años que no se ajustaba bien a las normas. Bueno, esa es una forma muy suave de decirlo. Realmente las normas le gustaban. Le encantaban. Se extasiaba cuando encontraba una nueva que desconocía. Nada le daba más placer que transgredirla.
Sus padres, resignados, no dudaban del destino de la niña. Acabará en el arroyo. Vendiendo droga, prostituyéndose, o algo peor.
Las diferentes instituciones por las que pasó; el colegio, los servicios sociales o la iglesia, se dieron por vencidos con ella. O más bien vencidos por ella. Los horarios no le importaban lo más mínimo y las normas de vestimenta la impulsaban a ponerse la falda más corta que encontrara. Las prohibiciones provocaban su inmediata afición a lo prohibido. Así, probó el vino a los seis años, justo cuando descubrió que era algo no permitido para ella. Comenzó a fumar a los doce por la misma razón. Y con el sexo… bueno del sexo ni hablaremos.
Los castigos no eran solución. Se mostraba estoica. Aguantaba resignada la pena que le impusieran, pero seguía inamovible. No servía de nada privarla de caprichos, ni siquiera de comer. Los castigos físicos los recibía como un muro de piedra recibe una palmada, sin inmutarse.
Al final, como no, la dejaron por imposible. Que la nena haga lo que le dé la gana. Sus padres le pagaron una casa en Madrid, bien lejos de ellos, le asignaron una pequeña pensión y rezaron para no recibir ninguna llamada de la policía a medianoche.
No volvieron a saber de ella en años. Esa ausencia les causaba un dolor que les rompía en dos, pero a la vez, proporcionó a sus vidas una extraña paz que no habían conocido desde su nacimiento.
Volvió al pueblo un día. Tenía treinta y cinco años. Lo hizo sin avisar y con un recién nacido entre sus brazos.
Su cara ya no mostraba la fiereza de la juventud. Era una mujer. Más calmada. Más sabia. Al principio, los padres no sabían muy bien a qué enfrentarse. Pero, poco a poco, se fueron dando cuenta de que su hija realmente no había acabado en el arroyo.
Se despidió de ellos con un beso. Profundo y tierno. Y prometió volver a visitarlos siempre que pudiera. Después de la partida, se quedaron asimilando lo que acababan de vivir. En silencio. Un silencio largo.
—¿Te has fijado en el nene? — dijo ella.
—Sí. Es igualito a su madre — dijo él.
Ese día la pareja hizo el amor. Y rieron, rieron a carcajadas toda la noche.