Tomo iconos del imaginario colectivo, los personajes que nos criaron, los héroes que heredamos, los símbolos que el mercado masticó hasta dejarlos sin dientes y los pongo en situaciones donde ya no encajan. El resultado no es decoración. Es otra cosa.
Un niño apuntando a Mickey Mouse con un arma. Darth Vader como un padre divorciado en su fin de semana de visita. Miss Piggy en modo negocio.
Si al mirarlos sientes algo raro, es que están funcionando.
La técnica es clásica: óleo sobre lienzo, capas, tiempo, aguarrás. El contraste entre el oficio tradicional y los referentes contemporáneos es parte del concepto. No es casualidad. El choque es doble: visual y cultural.
Trabajo desde el taller de The October Press en Alicante, un espacio que comparto con un grupo de artistas. Si alguna vez quieres ver la obra en persona, y a mí manchado de pintura, ya sabes dónde encontrarnos.
Piezas mías forman parte de colecciones privadas en España, Francia, Países Bajos, Reino Unido, Alemania y Estados Unidos. No las cuento para impresionar, las cuento porque creo que dice algo útil: que la obra cruza fronteras sin manual de instrucciones y sin que nadie tenga que explicar el chiste.
Busco espacios que no tengan miedo a lo figurativo con mensaje. Mi obra es directa, honesta y conecta con un público que busca arte que le hable de tú a tú, sin manual de instrucciones.
No es arte difícil. Es arte que no se esconde detrás de su propio concepto. Si te interesa explorar una colaboración, en el dossier tienes obra, trayectoria y todo lo que necesitas para decidir.
Cada lienzo que sale de mi estudio es una pieza original, única y mimada. Cuando compras una obra te llevas algo hecho a mano, capa a capa, con tiempo de por medio. No es una lámina. No es una reproducción. Es la pieza.
Te la envío a cualquier parte del mundo, empaquetada como si fuera un tesoro, con certificado de autenticidad firmado. Y si tienes dudas antes de comprar, escríbeme. Tengo buena letra y no muerdo.
Empecé a exponer en 2004. Barcelona, Campello, Alicante, Melilla. Luego paré.
Veinte años. Dos hijos, un libro, una empresa. La vida entera. Los pinceles guardados.
En 2022 volví. No porque tuviera que hacerlo, sino porque ya no podía no hacerlo. Desde entonces no he parado: Obra nueva cada año, piezas viajando a Francia, Países Bajos, Reino Unido, Alemania y EEUU.
A veces la interrupción es parte del proceso. La mía duró dos décadas y valió la pena.
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