Diana es una lechuza. Organizó su vida alrededor de la noche. Cazando en la oscuridad. Buscando a sus presas entre las barras de los bares más siniestros e infectos de la ciudad. Presas asequibles, que no puedan generarle dificultades ni ataduras. Normalmente hombres casados o comprometidos a los que no tenga que ver en su cama por la mañana. Su técnica es simple pero efectiva. Despliega sus hermosas alas por un local y deja que los pequeños roedores la admiren y se arremolinen alrededor de su minifalda. Cuando ha localizado el mejor bocado posible, lo coge entre sus tiernas garras y se lo lleva volando hasta su guarida para devorarlo toda la noche.
Antes no era así, antes fue otro animal. Unos dicen que fue una paloma, otros que un águila, y otros aún la sacaban del grupo de las aves para convertirla en un antílope. La gente apunta que algo debió pasar en su vida para que sus ojos se agrandaran y su pico se curvara de aquella forma. Yo creo que siempre fue una lechuza, pero quizá de otro tipo. Antes su objetivo era distinto. Hace tiempo buscaba a otras de su especie para unirse a ellas. Deseaba encontrar una pareja que quisiera volar a su lado, y no sabía que los únicos predadores de las lechuzas son sus propios semejantes.
Así debió de ser cazada y devorada, usada y abandonada del mismo modo que ella usa y abandona ahora.
Alguien debió de inflingirle tal daño que convirtió su cuerpo en una máquina seca y fría. Una máquina de amar sin amor.
Antes de volverse lechuza yo estuve con ella un tiempo. Me acuné entre sus piernas durante unos meses y fue una experiencia maravillosa. Aunque los dos sabíamos que no duraría, nuestra pequeña aventura pasajera me dio las alas que necesitaba en ese momento. Yo a su lado aprendí a volar y creo que ella al mío descubrió algo parecido al cálido nido que buscaba.
Al tiempo todo se fue calmando. Yo ya sabía volar solo y ella aún no estaba preparada para anidar junto a nadie.
Ahora yo formo parte de sus presas habituales.
Cuando deseo ser devorado, usado y abandonado, la busco entre los bares más siniestros e infectos de la ciudad, y espero sentado a que alguna noche venga a desplegar sus alas ante mí.