Año: 2026
Técnica: Óleo sobre lienzo
Dimensiones: 65x50cm
La fiesta
Yo tenía un gato gris, un delgado y elegante gato gris. Lo quería con locura, probablemente más que a la mayoría de las personas de mi entorno. Nunca le puse nombre, simplemente lo llamaba «gato». Era el único gato en mi vida, así que no tenía que distinguirlo de otros. Así era, simplemente «gato», el único gato en mi vida, ¿para qué ponerle nombre?
También tenía una mujer. Se llamaba Lucía, pero yo la llamaba guapa. La llamaba así porque era guapa, porque era guapa y porque era mía, como el gato. Ni mi guapa ni mi gato eran míos en propiedad. Los dos eran míos porque querían serlo, como yo de ellos. Y dejarían de serlo cuando ellos quisieran. Si mi guapa quisiera dejar de serlo, cogería las maletas y me abandonaría dando un portazo, y si mi gato quisiera ser el gato de otro, o quizá el gato de nadie, simplemente saldría por la ventana y se iría sin despedirse. Ese era nuestro trato, esa era toda mi vida.
Por lo demás, nada considerable poseía: algunos objetos inútiles, una sólida reputación que no me sirvió para nada de provecho, bastante dinero ahorrado que jamás disfruté, y un puñado de conocidos que nunca fueron más que eso, conocidos.
He descubierto en estos días que estoy desapareciendo. Tener conciencia de un hecho así te hace replantearte toda tu vida. He comprobado que realmente no voy a echar de menos demasiadas cosas. Quizá lo más triste sea darme cuenta de que el noventa por ciento de mi vida me la podría haber ahorrado: reuniones con gente que detestaba, conversaciones absurdas, personas intrascendentes, sexo maquinal y aburrido, trabajos rutinarios. Tiempo perdido, estúpidamente perdido.
Desde que empecé a desaparecer hablo en pasado sobre los seres que quiero, aunque sigan aquí, a mi lado. Los veo todos los días por casa, pasando junto a mí, hablándome, pero al mirarlos tengo la sensación de estar observando una antigua película casera. Disfruto de la presencia de Lucía y al tiempo sufro cada vez que la veo, como un bello recuerdo que ya nunca volveré a vivir. Ella sigue empeñada en mantener mi presencia. Siempre fue muy obstinada.
Con mi gato es distinto. Creo que ha sido el primero en darse cuenta de que ya no estoy realmente. Hace días que no se me acerca, ni me lo encuentro en la puerta esperando mi llegada. Su actitud me duele, pero la entiendo. Y la prefiero.
He comprendido que cualquier intento por evitar mi desaparición es inútil, inútil y doloroso. Yo ya lo he aceptado, con tristeza, pero con serenidad. Al fin y al cabo, puedo estar orgulloso de algo: mi mujer nunca se fue dando un portazo, ni mi gato quiso ser el gato de nadie más. Al menos eso lo hice bien.
Ahora solo me queda seguir el consejo que un viejo amigo me dio: irme antes de que acabe la fiesta.
Si te gusta la obra tienes las láminas de alta calidad disponibles.