Onlyfans

647,00€ IVA incluido

Año: 2025
Técnica: Óleo sobre lienzo
Dimensiones: 70×50 cm

El viejo verde

María era atractiva, muy hermosa de hecho. Y más relevante, era consciente de ello. Desde pequeña destacaba. No era algo a lo que diera importancia, pero allá donde estuviera la gente la miraba. Con el tiempo aprendió a distinguir los tipos de miradas que recibía. Algunas le acariciaban como la brisa, miradas de embeleso. Otras le arañaban, eran de envidia o miedo. Otras le turbaban, las miradas de amor. Gente que acababa de conocer y se enamoraba de ella perdidamente y al instante. Hay que ser idiota, si no me conocen. No saben cómo soy.

Pero había una mirada que detestaba más que ninguna. Era la de ese viejo. La de un lobo ante un conejo. María sintió repulsión. Percibía cómo el viejo sobaba su cuerpo con los ojos. Buscaba su piel entre los resquicios de la ropa como la boca de un bebé busca el pezón. No era la primera vez que la observaban así, pero nunca llegó a acostumbrarse a esa intrusión en su cuerpo. Le hacía sentir violada.

El viejo se acercó, educado y cordial. Al principio asustada, luego intrigada y al fin divertida, le siguió la corriente. Era un extranjero millonario de vacaciones en España, estaba divorciado, tenía una finca enorme alquilada en la sierra, un yate y un deportivo último modelo. No le faltaba nada a la lista de tópicos. Estaba completa.

María siguió dándole cuerda al pez a ver hasta dónde le llevaba. Después de una hora de conversación y de miradas furtivas a su escote, María decidió que ya era suficiente. Se inventó una excusa para irse y quedaron al día siguiente para dar una vuelta en el yate.
—Pero eso sí. Debemos estar solos tú y yo. Me gusta tomar el sol desnuda y no quiero que nadie más me vea.
Ante esas palabras, al viejo se le desencajó la mandíbula.
—Por supuesto. Solos tú, yo y el sol.

María acudió al puerto. La mirada lobuna del viejo le estaba esperando. Subieron al barco. El viejo estuvo encantador durante el paseo. Le repugnaba, pero eso tenía que concedérselo. Hizo todo lo que estuvo en su mano para hacerle agradable el rato.

Llegó el momento. El viejo tiró el ancla.
—Ya estamos lejos. Nadie nos ve. ¿Te apetece tomar el sol?
—Claro, pero date la vuelta. Me da vergüenza desnudarme delante de extraños. Sé que es una tontería. Manías mías.
—Por supuesto, querida. Avísame cuando estés lista. Yo en cambio no tengo ese problema ¿ves? me desnudo delante tu…

¡CRACK!

María reventó la cabeza del viejo con un remo antes de que terminara de hablar. La mirada lasciva se apagó. Ella lo notó enseguida.

 

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